lunes, 11 de julio de 2016

Descubriendo la soledad en Malasia

Una vez asentados los recuerdos y sensaciones de este primer mes de viaje en solitario, me siento capaz de escribir sobre él.
Escribo desde mi habitación en una casa de Niigata (Japón), experimentando de nuevo el día a día en este país que me maravilla por momentos, aunque a ratos también me entristece.

Cómo empezó mi viaje

A veces las oportunidades se presentan y otras veces tienes que trabajar un poco el camino para hacerlas reales. No me gusta dejar cosas pendientes, y todavía en mi cabeza seguía pululando la idea que no pudimos desarrollar en nuestro viaje a India.
Mi jefe quería que fuésemos a alguna feria en China, así que esa fue la “excusa” que se sirvió para trampolín para viajar de nuevo a Asia. Le propuse un plan de trabajo y eso,  unido al apoyo incondicional de Alex,  hicieron posible que organizase este viaje por Malasia y China. Esta vez Alex no podría acompañarme, así que suponía un reto mayor.
Aeropuerto de Ammán.
Mi viaje comenzó el día 5 de junio, desde Madrid a Kuala Lumpur con escala en Amman (Jordania). Cuando aterricé en Jordania me quedé sorprendida del ambiente en el aeropuerto. Ese día (el 6 de junio) comenzaba el Ramadán y había muchas personas vestidas solamente con una tela de algodón blanca que cubría su cuerpo. Adiviné que serían peregrinos. Me recordaron a los peregrinos que veíamos en Madurai, en el sur de India. Moviéndose todos en grupo; algunos con un distintivo como las mujeres con un pañuelo rosa.
En el vuelo de Ammán nos dieron de comer a las 3:45h de la mañana. Pocos minutos después  el capitán anunciaba en el avión que comenzaba la hora de ayuno (según horario de Malasia) y que aquel que quisiera seguirlo debía dejar de comer.

Al llegar a Kuala Lumpur me sentí relajada. Era la tercera vez que visitaba el país, y aunque esta vez iba sin Alex, que es quien se orienta a la perfección, todo me resultaba familiar. Reconocía  algunos lugares y momentos vividos.

Ramadán en Kuala Lumpur

Preferí  alojarme en una casa en lugar de un hotel porque me resultaba más fácil para trabajar.
Los primeros días (en total fueron 12) conviví con Akmal y Sucy en un barrio residencial a las afueras de la capital. Era un barrio tranquilo, cómodo, cerca de centros comerciales y lugares para comer, así como del transporte público. 
Mi casa en Kuala Lumpur.
Me  gustaba pasear por el vecindario y ver las casas de los vecinos, unas decoradas con farolillos chinos, otras con sharis de colores secándose al sol. Al mediodía, iba a comer a food court (zona de comidas) donde acudían los trabajadores de las oficinas cercanas. Cada día elegía un plato diferente de los diferentes puestos que había. Observaba los grupos, indios, chinos, pero faltaban los musulmanes porque les tocaba ayuno.

Comiendo en la zona de comidas.
Akmal fue una gran anfitriona y disfruté mucho de sus conversaciones. Las dos chicas trabajaban como arquitectas y eran musulmanas, pero me gustó su mentalidad abierta, en especial Akmal con quien tuve más contacto. Me contó por qué no llevaba velo, que para ella eran más importantes sus acciones que llevar cubierto el cabello. A diferencia de su hermana, ella estudió en un colegio mixto (con personas de diferentes culturas y religiones) y eso le ayudó a ser más comprensiva y tener la mente más abierta a otras culturas.
Bazar de comida durante el Ramadán.
 Hasta las 19:30h, que es cuando se pone el sol en Malasia, no podían comer, ni beber ningún líquido! Algún día les acompañé al bazar de comida que se montaba cerca de los grandes almacenes; a las 6 de la tarde ya casi no quedaba nada, porque la gente (musulmana o no) iba a aprovisionarse para la cena. Probé diferentes platos típicos malayos y algunos que ella cocinaba en casa, con una combinación interminable de especies. Le observaba cómo preparaba en su terraza una gran sartén a la que le iba echando diferentes ingredientes y me explicaba lo que eran. Muchos ni los conocía.
Nashi lamek, uno de mis platos preferidos malayos.
De madrugada, se levantaban sobre las 3:30 ó 4 para volver a comer antes de que amaneciese. Sobre la mesa siempre había una caja de dátiles con el que se rompía el ayuno, como hizo Mahoma. 

Sucy había estado en España dos veces y hablando sobre las tapas me preguntaron si conocía algún sitio que hiciesen tapas halal. Jamás habría pensado en ello. Akmal sin embargo, no había viajado a España aunque estaba preparando un viaje para septiembre. Me hizo ilusión poder volver a verle. Y por supuesto quedamos en ello.

Cenando con Akmal.

 Viajar sola, conociendo mundo

Algún día me bajaba al centro, como si me fuese al Pilar. Tuve ocasión de conocer a bastantes personas y de reencontrarme con Diane y Joyce, que conocí 3 años antes en Malasia. Pese a ello, las primeras semanas me resultaron muy duras. Por primera vez en mi vida me sentía profundamente sola, aunque estuviese acompañada. Comprendía a aquellos amigos que alguna vez me hablaban de la soledad.
Tercer encuentro con Diane en 3 años.

Echaba muchísimo de menos a Alex y me preguntaba a mí misma qué hacía allí, por qué no volvía a casa donde me estaban esperando. Lloré mucho, pero me vino bien. El calor, la humedad y el cambio de comidas tampoco ayudaron y no me encontraba “sana”. Lo comentaba con Alex, con amigas, y me decían que no me agobiase, que me diese tiempo y disfrutase y que llegaría un momento en el que me sentiría cómoda.
De trekking con Joyce y sus amigos.

Conocí a dos chicas alemanas a través de couchsurfing, Sabrina y Britta. Era la primera vez que Sabrina visitaba Malasia y Asia. Tenía solo dos días en la capital después de un viaje de trabajo. Me gustó hacerle de guía, enseñarle algunos “trucos de supervivencia” en el sudeste asiático. Cuánto había aprendido desde mi primer viaje a Tailandia!
Con Sabrina en Central Market.


Con Sabrina y Britta y las torres Petronas al fondo.

Templo budista cerca de Brickfields.

Mezquita Masjid Jamek.

En plaza Merdeka.

Escapada a la isla de Borneo

Hice un paréntesis para volar hasta la isla de Borneo y pasar allí 4 días. Nuestro amigo Jesús me puso en contacto con su amigo Lucas que vivía en Kuching y pasé dos días en su maravillosa casa. Era espectacular. Lucas trabaja como diseñador de interiores y tanto su casa como su oficina estaban espléndidamente decoradas. 



Él se desvivió porque aprovechase el tiempo al máximo y me llevó a ver los orangutanes y preparó una gran cena con sus amigos en casa. Fue genial ir al mercado musulmán de Kuching, pasear por las filas de puestos de comida y comprar la comida para la cena.
Comiendo con Lucas.






Hace justo un año, Lucas había visitado a Jesús y Sean en Zaragoza y ahora estaba yo en su casa, con sus amigos y sus perros comiendo una comida deliciosa. Estuve hablando mucho rato con Angelina, una amiga suya de allí pero que vivía en Bélgica. Le encantaba la comida y adoraba España y quería irse a vivir allí si tenía la oportunidad. Me alegré de poder entenderle tan bien con el inglés, aunque con tantos acentos diferentes, con otras personas no me resultaba tan fácil. Notaba que poco a poco me resultaba más fácil expresarme en inglés.
Deliciosa cena en casa de Lucas.


Visité el Parque Nacional de Bako y decidí quedarme 2 días a dormir allí. Pensaba que sería un tiempo de tranquilidad, pero mi obsesión por no parar quieta me llevó a caminar más de lo que pensaba. Ya me había olvidado del tiempo de meditar, de simplemente “estar”. Y seguía acompañada de esa tristeza que me impedía contemplar y disfrutar de todo lo que tenía a mi alrededor: monos probiscis, árboles, playa, paisajes naturales. E invadida de picotazos de mosquitos.


Mono probiscis, endémico de Malasia.







kingfisher.


Manglares.


Vuelta a Kuala Lumpur, viviendo en Little India

Volví a la capital y esta vez quise cambiar de barrio. Estuve unos días viviendo con Padmini y Edward en Brickfields, Little India. La casa no podía ser más bonita, en un condominio donde vivían indios de clase media-alta, aunque lo que más me atraía eran mis anfitriones, una pareja del sur de India me resultaron muy interesantes. Padmini era profesora de universidad jubilada y era una erudita en historia del mundo; y se lamentaba de las malas noticias que ocurrían en el mundo y por qué no podíamos convivir tranquilos unos con otros. Fue la primera persona que cuando le dije que no quería tener hijos, me contestó que le parecía muy bien porque ya había muchos niños en el mundo.

Piscina del edificio en Little India.
Me contó muchísimas historias interesantes, pero hablaba tan rápido que me quedaba con la mitad. Edward hablaba más calmado y me resultaba más fácil seguirle. Los eran del sur de india y me prepararon un desayuno típico de allí a base de avena delicioso. Por supuesto yo les conté mi historia, todo lo que había vivido en India.

Little India.



Por las tardes me paseaba por Little India. Me costó decidirme a entrar a un restaurante indio. Eran 10, 100 ó 1000 veces más limpios que en los que había comido en Delhi y sin embargo ahora todo me parecía peligroso. Lloré también por India, por nuestro viaje frustrado, por lo inconsciente que fui, y porque hasta ese momento no había parado a recapacitar sobre ello,no había sido consciente del peligró que corrí. Pero no era momento de lamentarse. Ahora estaba de nuevo en Asia como tanto deseaba, con el apoyo de Alex y de mi familia y tenía que aprovecharlo. Después de eso, empecé a sentirme más cómoda en este viaje y con ganas de disfrutarlo, pero sin prisas.

Coincidió un día festivo y me fui con Joyce a visitar un pueblo cercano de pescadores. A pesar de solo vernos las veces que visité Malasia y mantener contacto por internet, me sentía muy a gusto con Joyce, y durante el trayecto en coche a Sekichan, pudimos conversar de temas muy interesantes, y me enseñó mucho de su cultura y manera de vida.



Me perdí más de una vez, me desquicié alguna otra, cuando la ruta que marcaba el gps no se podía hacerse a pie. Había olvidado que la ciudad de Kuala Lumpur a veces resulta un laberinto; que tiene dos alturas con el tren elevado y no es sencillo caminar por sus calles. Aún así, desarrollé mi sentido de la orientación, fijándome en puntos de referencia, y pregunté, pregunté y pregunté muchas veces.
Tren elevado de Kuala Lumpur.
Empecé a confiar más en mí misma, celebraba cada logro y como me dijo Gema llegó un momento en el que me sentí a gusto yo sola.

Cambio inesperado de planes

Llevaba casi 20 días en Malasia y me quedaban dos semanas hasta volar a Shanghai. Tenía pendiente visitar Malaca, cerca de Kuala Lumpur, pero seguía siendo mucho tiempo para pasarlo en Malasia. Podía continuar trabajando en cualquier otro lado…. Que tuviese buena conexión a internet. Rápidamente empecé a buscar opciones Vietnam, Camboya, Japón, a mover hilos, trazar rutas con skyscanner, contactar con amigos, y en dos días estaba preparando mi tercer viaje a Japón.

Me parecía increíble cómo se había desencadenado todo y poco a poco trazado en una realidad. Pasaría dos semanas en Niigata, en la costa oeste de Japón. Comenzaba otra etapa del viaje.

miércoles, 6 de julio de 2016

Tres historias, un mundo

Antes de empezar a contar esta historia quiero dedicar esta entrada a mis queridos Jesús Alejandre (el padre de Alex) y  Frédérique (mi francesa/española preferida) por animarme siempre a que escriba.

Saludos desde Japón.
He necesitado tiempo para sentirme con ganas de escribir. Hace un par de días comencé a escribir cronológicamente el comienzo de mi viaje. Hoy, no importa dar un salto en el tiempo porque quiero contar dos historias que me han ocurrido hoy y me hicieron reflexionar y otra anterior, pero las tres con un protagonista en común, la barrera idiomática.

Haré un breve resumen de mi situación actual para ubicarme en el mapa.

El 5 de junio comencé mi primer viaje en solitario de 1 mes y medio, viaje de trabajo, de placer y de inspiración todo junto. Mi destino inicial era Malasia y unos días en China para asistir a una feria, pero saturada del calor de Kuala Lumpur aproveché la oportunidad que se me brindaba (o que hice que se me brindase) y viajé a Japón. De cómo y por qué llegué hasta aquí, en próximos capítulos.

Estoy viviendo en Niigata (Japón) por dos semanas, una ciudad en la costa oeste de la isla de Honshu. Digo vivir, porque realmente hago vida de japonesa conviviendo con la entrañable Mitsy san.

La entrada de casa
 Primera historia

Hoy por la mañana me fui en bicicleta a la tienda de vegetales, lo que viene a ser una verdulería. Muy cerca de casa me encontré a un chico joven tirado en el suelo boca bajo. Me asusté, bajé de la bici y me acerqué a preguntarle. Él me preguntó si hablaba japonés y le dije que no. Intentaba levantarse pero no podía y le pregunté en inglés y haciendo gestos si llamaba a alguien; me respondió tartamudeando “police” (policía) y señalaba a la izquierda (luego supe que allí había una cabina telefónica para poder llamar). Me sentí totalmente impotente por no entenderle y no poder ayudarle. Finalmente, hizo un esfuerzo para incorporarse, y le ayudé sujetándole del brazo. Una vez de pie y con gesto dolorido, se puso frente a mí y sacó fuerzas para inclinar su cuerpo en forma de agradecimiento. Se despidió con un goodbye y yo con una sonrisa, aunque me fui preocupada sin saber qué pudo pasar, si alguien le esperaba en casa, si se encontraba bien, si se cayó o le atropellaron. Pedaleando en mi bici me sentía impotente por no poder comunicarme con él y pensé lo importante que era conocer un idioma en estas circunstancias.

Visita al supermercado, una de mis visitas diarias preferidas
 Segunda historia

A Mitsy san le apasiona la música clásica y la semana pasada me invitó al teatro y a un concierto de la orquestra sinfónica de Tokio. 

Con Mitsy san en el teatro.
También compró dos entradas para un concierto de piano que tenía lugar esta tarde. Pero ya el domingo decidió que no podría asistir, porque no se encuentra bien de salud. Intentó encontrar a alguien que me acompañase; tarea difícil un miércoles por la tarde, quien no trabajaba tenía clases. A mí no me importaba ir sola, pero me dijo que su ticket no podía cancelarse. Así que me propuse encontrar a alguien que pudiera interesarle. Se me ocurrió hacer una búsqueda en Couchsurfing de personas que viviesen en Niigata y que les gustase la música clásica.



Concierto de piano.
Cuál fue mi sorpresa que la primera persona de la pequeña lista era una chica india. Le mandé un mensaje y los astros se alinearon para que ella no tuviese clases este miércoles.

Hoy fui al concierto con Shalaka. Me contó que trabajó 10 años de intérprete de inglés-japonés, pero ahora había hecho un descanso para estudiar en Niigata a través de un programa de intercambio con su universidad de India y también daba clases de inglés.


Con Shalaka en el concierto.
 Me he sentido tan feliz de conocerle. En el poco rato que hemos podido compartir tras el concierto hemos charlado animadamente mientras caminábamos a la orilla del río hasta mi parada de tren. Shalaka habla inglés con un acento muy claro y me he sentido tan orgullosa de entenderle y a la vez ser capaz de expresarme con bastante soltura. En estos momentos es cuando dejo de ver el inglés como una obligación que debo estudiar y se convierte en el puente que me permite conocer tantas personas tan increíbles en este mundo. 

Mis tatuajes que me recuerdan mi pasión por India, por Japón y por Alex.
Las circunstancias me permiten convivir con Mitsy san, que fue profesora de inglés y tiene un acento británico excelente. Probablemente, una de las japonesas con mejor inglés de su país. 

Mitsy san en el parque Hakusan.

Tercera historia

Un poco antes de volar a Japón, cuando paseaba tranquilamente por el centro de Kuala Lumpur, conocí  a un chico (aunque debería llamarle hombre porque solo era dos años más joven que yo, pero no me sale) que comenzó a hablarme tímidamente y terminamos contándonos nuestra vida hasta donde su inglés le permitió. William es indio de nacimiento, porque su madre biológica es india, aunque él me insistía que era chino. Cómo era eso posible. Al principio no le entendía y pensé que me tomaba el pelo, me enseñó su carné de identidad de Malasia con su foto y efectivamente un nombre chino, aunque se hacía llamar William, como los dueños de los bares regentados por chinos en España que se llaman Jose, Tony o Juan.
Torres petronas desde lejos,

Sí, me gusta Kuala Lumpur, pero es hora de cambiar de aires, que aquí hace mucho calor.

William me contó que su madre biológica le abandonó al nacer, y ni siquiera sabía si estaba viva o no. Entonces una mujer china lo adoptó, pero no se hizo cargo de él. Sólo estuvo en un colegio (entiendo que como una especie de orfanato) hasta que fue mayor de edad y pudo trabajar. Lo curioso es que hablaba chino, y algo de inglés, no demasiado. A ratos se bloqueaba cuando quería decirme una palabra pero sólo le salía en chino. Pretendía que la buscase con el traductor, pero yo no tenía para escribir en chino. A veces conseguía entenderle, otras se daba por vencido y seguía con otra cosa. Me contó que no tenía ninguna religión, pero que creía que existía un Dios, y por cada templo que pasábamos hacía un gesto de deferencia, ya fuese un templo hindú, chino o musulmán. Según él, ese mismo dios fue el que quiso que esa tarde me conociese y charlásemos, para sentirse un poco mejor.
Templo hindú.

Templo chino.

Museo textil de Kuala Lumpur.
Me decía que no tenía a nadie, que la vida en Kuala Lumpur era difícil y que quería morir. No tenía razones para vivir. Me señalaba a una chica rubia y me decía, “ella puede venir aquí, estar de vacaciones y volver a su casa”, pero él no tenía oportunidades de cambiar su vida.  Le escuchaba paciente; no podía decirle que la vida es muy bonita y hay miles de razones para vivirla. Pero le dije que tenía la posibilidad de cambiarla, mediante su trabajo, luchando por su sueño. Me contaba que si pudiese le gustaría viajar a México. Al menos tenía un sueño. 
Deseos a la entrada de un templo en Japón.

Recorrimos varias tiendas en busca de la pasta tailandesa Tom Yam para la señora japonesa que me lo había encargado, e hizo suyo el propósito de encontrarla. Tras recorrer varias tiendas la encontramos. Se me hizo tarde y tenía que volver al hotel. Le dejé sentado en un banco mientras me decía que me fuese antes de ponerse a llorar. Y la tercera vez que me lo repitió le hice caso y me marché.