domingo, 6 de diciembre de 2015

Demasiado Delhi

Sentada en la cama de habitación, oyendo de fondo el dulce tono de una conversación en japonés mezclado con las bocinas de los tuc-tucs y con las imágenes del canal japonés NHK World en la tele, me dispongo a despedirme de Delhi.  Hemos pasado aquí demasiados días, demasiados.  Y necesitamos aires del sur.
Por qué estamos aquí tiene su explicación.

Visita al norte de India: Dehradun y Mussoorie

La idea inicial era estar  cinco días en Delhi y bajarnos poco a poco al sur, haciendo paradas en algunos destinos que no visitamos el año pasado.

Sin embargo, sabíamos que Popo Gunji estaba en India y queríamos hacerle una visita sorpresa. Después de conocerle en India y reencontrarnos en Tokio, tal es la impresión que nos causó que queríamos volver a verle. Pero esta vez él había cambiado su destino. Estaba en Dehradun, a 200km de Delhi, donde hay una escuela de refugiados tibetanos a la que su ONG ayuda. Le escribimos dos días antes para preguntarle, y nos dijo que estaría allí hasta el día 19 de noviembre, después volvía a Dharamsala  y de allí a Japón. Nosotros pensábamos llegar el día 18, al menos le veríamos un día.

Con Popo Gunji el año pasado en McLeod Ganj.

Antes de nuestro viaje, avisé a nuestra amiga Ira que ya estábamos en Delhi. Sabía que estaba muy ocupada con su preparación  en las montañas, pero no sabía dónde. Casualidad o no, resultó que de 3,3 millones de km2 que tiene India, Ira estaba en una academia en Mussoorie, a 25km de Dehradun. Y fuimos a verla.

La odisea de encontrar una plaza
Parece que en un año se han incrementado los problemas para encontrar plaza en un tren, y ni siquiera con una semana de antelación encontramos hueco para nuestros  próximos destinos; tampoco la encontramos para Dehradun. ¿Cómo es posible que con miles de trenes diarios que transportan millones de personas diariamente (En serio!! 23 millones de viajeros diarios en 2013) no encontráramos dos asientos? Pues ocurre. Aún así se puede luchar por un hueco, pero como la distancia era corta decidimos hacerlo en bus.  1240 millones de personas son muchas personas y a menudo se me olvida.
Estación de trenes de Haridwar el año pasado. Intentando subir al tren.
Esta vez nos enteramos de que existían unos autobuses del gobierno, servicio similar al de los trenes, que no habíamos conocido hasta la fecha.  Elegimos el más barato y resultó ser  (para mí) uno de los peores viajes de todos los realizados durante todo nuestro año en ruta. La vuelta de día fue mejor.

Dehradun, nothing to see
Llegamos a las 5h de la mañana, sin tener ni idea de dónde estábamos, ni dónde se encontraba Popo Gunji. Tomamos un chai bien caliente con galletas y esperamos hasta que amaneciese para realizar una búsqueda infructífera de habitación. Pocas opciones, caras y en la mayoría no admitían a extranjeros. Así que cansados y enfadados decidimos escapar a Mussoorie. Peleamos cuerpo a cuerpo (y me quedo corta con la expresión); repito peleamos cuerpo a cuerpo y mochila en mano por un hueco en el autobús que en una hora de recorrido por la montaña nos llevaría a Mussoorie.

Vista  de la carretera desde Mussoorie.

Y en Mussoorie, encontramos la paz

Mussoorie: bonita estación de montaña; refugio vacacional de la clase media; con vestigios de su pasado inglés; los Himalayas de fondo difuminados por la niebla; lugar de asentamiento de academias y escuelas de renombre, y retiro de escritores.

Por las montañas.

De excursión.

Centro de Mussoorie.

Vista de los Himalayas.



Visitamos a Ira en su academia, donde una élite de profesionales se prepara para formar parte de los puestos más importantes del gobierno. Ira estaba feliz. El año pasado se estaba preparando uno de los exámenes más difíciles del mundo y sacó la mejor nota del país. Un sueño cumplido a base de esfuerzo. Nos enseñó todas las dependencias de su academia, con bonitos edificios, nos presentó a sus amigos y nos invitó a cenar. A pesar de que estaba muy ocupada porque estaban preparando la celebración del día de India en la academia, Ira nos acogió con los brazos abiertos, dispuesta a ayudarnos en cualquier trabajo que deseásemos emprender. Nosotros, aún desubicados, e impresionados ante tanta energía, le contestamos la verdad, que aún no sabíamos. Ella nos aconsejó quedarnos unos días más en Delhi para estudiar más posibilidades, y ver a Ana y su marido, la pareja que nos presentó el año pasado en la cena en su casa. Y le hicimos caso.


En la Academia de formación del Gobierno de India, donde Ira se prepara.

En el hotel residencia de Ira.

Cena con Ira y sus amigos.
Vuelta a Delhi

Decidimos quedarnos algo más de dos semanas en la capital. Queríamos asistir a un par de ferias de interés y además estudiar algunas posibilidades de negocio. Volvimos al barrio mochilero de Paharganj, porque hay mucha oferta hotelera, está céntrico y hay de todo, a pesar del ruido. Dedicamos un día entero a la búsqueda de un buen hotel donde asentarnos, y perdimos la cuenta de todos los que vimos, para finalmente acabar en el que siempre nos hospedamos. En estas ocasiones siempre me acuerdo de mi padre que dice que la primera opción es la correcta. En el hotel nos ayudaron a sentirnos más cómodos; nos dejaron la habitación más grande que se convirtió en nuestra casa temporal y donde pasamos más tiempo del que hubiéramos imaginado.

Ana, nuestra inspiración

Quedamos con Ana, la chica colombiana que conocimos el año pasado. Nos lleva a una preciosa terraza en el barrio bohemio de Hauz Khas y charlamos de nuestro viaje, de Colombia, de Japón y por supuesto de India. De su negocio. Me gusta mucho conversar con Ana, con su tranquilidad colombiana, sin prisas, eligiendo las palabras más adecuadas y  dándoles más valor a lo que se dice. Me relaja escucharle. Y nos animó mucho, nos inspiró y ese día Alex y yo nos volvimos a casa ilusionados, con más energía.
Tarde de inspiración con Ana.


España en India

El fin de semana quedamos a cenar con Ana y Amit y sus amigos María, Tim y Carmen. María (española) está casada con Tim (indio) y es hermana de Carmen. Disfruté un montón de esta cena multicultural, comprobando una vez más que la diversidad cultural enriquece más que aleja y viendo cómo parejas de distintos países conviven con tanta armonía. Nos contamos anécdotas, experiencias en India, opiniones, sentimientos…resultó una cena muy, muy agradable.
Cena hispano-india.


La búsqueda

Comenzamos la búsqueda. ¿De qué?
Visitamos  tiendas, mercados, ferias. Casi, casi hicimos una rutina de trabajo. Encontramos el sitio perfecto para desayunar y comentar lo que haríamos durante el día. Pero no estábamos convencidos, y si bien no conseguimos encontrar nada en estos días, al menos nos sirvió para dejar claro qué no queríamos. 

De feria.


Teníamos dos ideas en mente que no acabábamos de considerar y charlando un día con un español en un restaurante nepalí, él mismo nos apuntó a esas dos ideas. Él se dedica a hacer negocios en India y nos dio unos cuantos consejos. Nos encontramos dos veces más por el barrio y cada vez nos decía algo que cobraba interés para nosotros, como el que te echa las luces en la carretera para avisarte de que hay un control de policía más adelante.

Demasiado Paharganj

Estar en Paharganj es como la película Atrapado en el tiempo. Cada día te levantas, es un día nuevo para ti, sin embargo ahí abajo en la calle, todos los días ocurre lo mismo. El mismo conductor de tuc-tuc nos ofrece llevarnos hasta la estación de metro y marihuana; el chico que pinta las manos con henna se levanta de su asiento para enseñarme sus diseños, sin percatarse que llevo aquí más de dos semanas y que le he dicho que no una media de dos veces diarias; un hombre hace volar un helicóptero de juguete para atraer nuestra atención; el niño que se arrastra en una tabla con cuatro ruedas cruza la calle para pedirnos dinero, también la mujer de la cara quemada con su niña al lado. Es como si hubiésemos recién llegado a Delhi y constantemente se repitiese lo mismo. Solo alguno se percata de que somos los mismos que día tras día pasamos por allí, y con alguno hasta nos paramos a charlar.
Una ventana a Paharganj.



A la espera del cliente.
Pilota

Conocemos a Pilota, un chavalín de 18 años que habla muy bien español. Cada día lleva una camisa nueva. Le preguntamos si tiene 365 camisas y nos comenta su filosofía de trabajo. Dejó de estudiar a los 10 años, así que lleva años de experiencia. Si gana 1000, gasta 500, pero se guarda otros 500 para el futuro. Es igual que otros muchos que están en la calle ofreciendo los servicios de su agenda. Él comparte un local que hace la función de oficina con otros muchos chicos y su hotel está al lado del nuestro. Nos dice que engaña pero poco. 

Todos los días nos encontramos tres o cuatro veces y charlamos un poco. Nos dice que en estas fechas llegan los españoles con dinero, no los de verano que llevan menos presupuesto, y me pasa el teléfono para que hable con su clienta Vanesa, una española que vive en Bangalore y le ha pedido presupuesto a Pilota para recoger a su familia en coche y hacerle un tour de tres días.
Quedamos en tomar unas cervezas antes de marcharnos y despedirnos.

Subrrealismo en Paharganj

Y es que Paharganj es cuando menos, pintoresco. En él se juntan los turistas extranjeros, los turistas indios, los que viven del turismo y los que justo les viene para vivir. Pero el grupo más pintoresco lo conforman los extranjeros afincados aquí. No son llamativas las largas melenas con rastas que algunos jóvenes. Me llaman la atención aquellos que parece que hayan hecho de Paharganj su lugar de retiro. Nos cruzamos con una rusa de pelo rojo, sonrisa en la cara, bindi en la frente, sonriente, paseando descalza con los pies naranjas; cenamos con un hombre al lado, con grandes surcos en su cara que denotan su avanzada edad; casi no puede caminar con un tobillo vendado y se apoya en un bastón lleno de gomas de pelo de colores; para cenar saca de una bolsita de piel sus palillos de madera y su cuenco tibetano. Una mujer de espesa melena blanca que recuerda a la pitonisa Lola, degusta su chai sentada en un bar, mientras un hombre de más de 65 años a su lado se coloca la mochila al hombro. Su única vestimenta un pantalón pirata y un chaleco, con el torso desnudo al descubierto.
Lástima que no tenga documentación gráfica de los extranjeros que resultan más llamativos que ella.

En la entrada del callejón que lleva a nuestro hotel hay un urinario público. Siempre que paso no respiro o me tapo la nariz con el pañuelo. Sin embargo, lo que a mí me parecería el peor sitio para mi negocio, es ideal para el hombre que hace sándwich de tortillas. Y tan buen lugar debe ser, que no sólo se pone a vender un hombre con su carrito, sino que hay otro más que se disputa con él la clientela.

Es el lugar donde más culpable me he sentido al tomarme un helado porque justo al lado un niño sin piernas que se mueve sobre una tabla con ruedas me hace señas desde casi el suelo para que le dé unas monedas.

Y es el lugar donde nos sentamos a comer en un bar, y la pareja de enfrente está formada por indio y una japonesa que charlan en japonés mientras él juega con su bebé preciosa de ojos oscuros semirasgados y de piel casi blanca. Imagino el choque cultural de esas dos culturas tan extremas.

Nuestro momento de relax

Un día, llevados por la curiosidad, entramos a un templo al final de la calle principal, al lado de la parada de metro que lleva su nombre. Ramakrishna ashram. Cuenta con varios edificios e instalaciones, incluida una biblioteca y farmacia. Allí todo está limpio, el césped está perfectamente cortado e impera el silencio. Este se convierte en nuestro lugar de paz dentro de Paharganj.

Entrada al templo.
Entramos al templo que se ubica en el centro de parcela. Dejamos nuestros zapatos en la habitación de la derecha y subimos la escalera para ser recibidos por la estatua de su deidad principal en la posición de loto, con la foto de dos mujeres a su lado. No sé quién es ni me importa. Sólo sé que eses es un lugar tranquilo donde me apetece estar.

En las paredes laterales están colgadas las fotos de cada uno de los que han sido dirigentes, me recuerdan a los retratos presidenciales y como única decoración de la sala, dos trozos de moqueta roja separados por un pasillo central donde se colocan a la izquierda las mujeres y a la derecha los hombres. Al final, dos bancos para quien tenga dificultad para sentarse.


Llegamos y Alex y yo nos sentamos en el lado que nos corresponde. Hay días que consigo meditar, no todos, pero los que lo consigo me llenan de tranquilidad. Hay otros en los que me resulta imposible y me dedico a estudiar a la gente a mi alrededor. ¿Por qué se me duerme la pierna y esta gente lleva rato sin cantearse? Ellos llevan toda su vida doblados; para ir la baño, para sentarse, en su puesto de trabajo; algunos se acercan al altar y se tumban en el suelo; una mujer echa limosna, la comparo como la señora que va a misa de 8; ¿seguirá los mismos rituales? Y ratos cuando hay cantos y me es imposible abstraerme, me despisto entendiendo palabras en español de sus rezos en sánscrito como mariposa o zapato.

A la salida, comentamos Alex y yo lo que hemos pensado o conseguido en ese rato de paz. Cuando consigo meditar Alex me pide que se lo describa. Y lo intento, advirtiéndole que no sé si es lo correcto o no, que igual estoy equivocada y eso no es meditar, pero que a mí me sirve. No quiero contaminarme con prácticas externas y menos las que van dedicadas solo a extranjeros.  Y esto es lo que le cuento:
Momento de meditación en el río Li, Yangshou (China).
Intento relajarme, sentirme cómoda sin que nada me despiste o me moleste; intento dejar de pensar, vaciar la mente, oigo los ruidos externos como parte del exterior; y de repente noto que ya no estoy dentro del cuerpo; mi cuerpo sigue ahí pero lo veo desde fuera; soy solo mi interior, que se siente feliz de formar parte de ese gran universo; a veces siento una gran energía en el cuerpo, calor; en ese momento nada me da pena ni me preocupa; no necesito nada más ni a nadie; simplemente estoy feliz de existir, de sentir esa inmensidad  y me llena de tranquilidad. Luego vuelvo a la realidad, al ruido, a la gente, a la calle, con la esperanza de que otro día pueda volver a alcanzar ese estado.  

Seguir el camino

Decidimos seguir nuestro camino hacia el sur, nuestra salud nos lo agradecerá. Sin embargo esta vez Delhi no quiere que nos olvidemos tan pronto de ella y de regalo nos enfermamos con la Delhi belly, o diarrea del viajero. Después de presumir que el año pasado estuvimos 2 meses y medio en India sin problema, esta vez nos coge una diarrea fuerte a los dos. ¿La causa? Pueden ser tantas.
Pudo ser esto.

O también esto.
Desde luego no es por el picante, pero ahora que observamos con detalle cada comida, no pondría la mano en el fuego por la seguridad alimentaria de ningún sitio. Simplemente ese día la bacteria nos tocó a nosotros. Así que cansados de tanto reposo y de tantas visitas al baño y de tanto Paharganj, decidimos que ya es hora de irnos a la playa en busca de aire fresco.

¡Si es que nos pegamos todo el día buscando!
¿En la buena dirección?

sábado, 14 de noviembre de 2015

Un día en India

Llegada a India


Llegamos directos a la estación de New Delhi desde el aeropuerto. Caminamos con la naturalidad de saber por dónde nos movemos. Reconocemos todo, prácticamente igual; los lugares, los olores, las sensaciones que tuvimos en cada lugar, las anécdotas…

Nos parece que hay menos gente. Sorteamos a los conductores de rickshaws y taxis, que apenas nos preguntan. Escuchamos los ininterrumpidos pitidos de las motos y coches, cruzamos la calle y nos adentramos en Paharjang. Barrio típico mochilero donde estuvimos el año pasado. Está todo decorado con lucecitas porque ayer se celebró el Diwali, el festival de las luces, que marca el comienzo del año nuevo hindú; los dos días siguientes también son fiesta. Lo corroboran los petardos que cada dos por tres se escuchan en la calle.
La calle Main Bazaar decorada con las luces del Diwali.


Se nos acerca el primer joven que quiere ofrecernos alojamiento. Comenzamos la ruta en busca de una habitación con las mochilas al hombro. Al final decidimos ir al mismo hotel del año pasado, pero necesitamos un buen precio. Nos reconocen al cruzar el umbral de la entrada. Tan amables como la otra vez. Charlamos, negociamos y finalmente se porta muy, muy bien con nosotros.

Vida diaria en Paharjang

Paseamos por la calle principal. “Te acuerdas de…?” no paro de recordarle momentos pasados a Alex hasta apurar casi su paciencia. Un hombre comienza a hablarnos, interesado por nuestra visita a su país aunque en realidad quiere llevarnos a una “agencia del gobierno” para que nos den mapas gratis. Nos acompaña un largo rato, no nos importa, nos reímos juntos. “Second time in India”(segunda vez en India). Al final se despide contento por la charla, aunque no se lleve la comisión.  Trabaja en Tata y se va a ir a Canadá unos meses. Sabe que allí hará mucho frío pero ganará mucho dinero. 


Callejeamos por los alrededores, pasamos por el puesto donde me compré el pintalabios que aún llevo, la pastelería donde compramos los pasteles que llevamos a la cena de Ira…y ahora se acerca Kazim. Misma táctica. Tiene que conseguir que entremos a su agencia. Pero a la vez le apetece hablar, la curiosidad india es infinita. Intenta explicarnos que los tickets necesitan un sello del gobierno, aún sabiendo que no nos engaña. Nos reímos. Nos da su número con la esperanza de que alguna amiga vaya en verano y necesite un guía. Vemos un cementerio cristiano. Allí mismo? En pleno centro? Decidimos visitarlo y nos despedimos de Kazim. Hasta allí casi no llega el bullicio de la calle, y es un buen lugar tranquilo para pasear, como ya hicimos en el cementerio de Calcuta. Vemos las primeras vacas por la calle, que aquí llaman más la atención porque no es su lugar habitual. Aún así, se las deja pasar como a un viandante más.


Me sorprendo analizando cada situación con dos perspectivas. Como si fuera una recién llegada y con mis propios ojos después de todo lo vivido. Puedo entender a las personas que dicen que Delhi les satura, o no les gusta. Sobre todo si es la primera ciudad que se visita. Sin embargo a mí me encanta por todas las posibilidades que ofrece. Hay tantas cosas por ver y una forma de vida tan diferente que cualquier actividad cotidiana me resulta un atractivo!
Nos imaginamos Alex y yo que viniese nuestra familia a vernos… ¿cómo reaccionarían? ¿Dónde les llevaríamos a comer? 
Saboreamos con deleite la masala dosa, la chola batura, los rollos afganos, el aloo palak, los sándwich callejeros cocinados justo enfrente de los urinarios públicos…esto es India! 
Masala dosa, aunque es mejor la del sur.

Chola batura.
Hacemos una cata de chai probándolos en diferentes puestos hasta encontrar el que más nos guste. Nos adentramos en los callejones estrechos, donde hacen vida los indios; nos gusta comprar en las pequeñas tiendas de comestibles, comer en los restaurantes locales y ver cómo juegan la partida de cartas.

Tomando uno de esos chai se para un chico a nuestro lado al oírnos hablar. Nos pregunta de dónde somos, Barcelona, fútbol..y nos dice que no habla mucho inglés. Pero cuando le decimos que somos de Zaragoza y Alex le explica dónde está, contesta en un inglés fluido que en coche está a 3h de Barcelona. Se ríe y nos dice en español “es que yo he estado viviendo en Tudela y trabajando en la Expo de Zaragoza”. El año pasado también conocimos a otro y nos explica que muchos jóvenes de Khajurajo (una ciudad de India donde existe el templo más erótico del mundo) fueron contratados para la Expo. Ahora vive en Chile, casado con una chilena y viene a India a comprar unas telas para venderlas luego allí. 38h de viaje.

Los dos primeros días aún llevamos los horarios cambiados y comemos a destiempo. Tratamos de ponernos una rutina; unas horas de trabajo y después pasear por la ciudad como si fuese la nuestra. 

Visita a Chandni Chowk

Nos acercamos al Fuerte Rojo sólo para verlo desde fuera y allí comienza la primera sesión de fotos. Vienen los más atrevidos, móvil en mano, a pedirnos una foto. Y en cuanto unos se deciden, otra familia se arpoxima apresurada a pedirnos lo mismo. Parece increíble que todavía se sigan sorprendiendo de ver a extranjeros. Y extranjeros tan normales como nosotros, que al fin y al cabo podríamos pasar perfectamente como indios. Pero me encanta ver esa cara de ilusión y perplejidad al vernos, sobre todo la de los niños.
En el Fuerte Rojo.

Alex en el Fuerte Rojo con un chico indio que le resultaba familiar :)
Paseamos con dificultad por el barrio de Chandni Chowk, en Old Delhi. Había olvidado lo difícil que resulta a veces caminar por sus calles, entre motos, coches, rickshaws, y gente, gente y más gente. 

Todos en la calle.
No puedo evitar la comparación con Japón, donde todos respetan tu espacio vital, no hay roces y aquí no dejamos de recibir empentones en cuanto se concentra un poco de gente alrededor. Para evitarlo, a veces sin éxito, nos metemos por los estrechos callejones repletos de puestos donde se venden joyas, sariis y telas de todos los colores y con todas las pedrerías posibles. 

Callejones de Chandni Chowk.
Ir de shopping en india es echar toda la mañana, o todo el día. Vemos grupos familiares, en su mayoría mujeres, acompañadas de hijas, sobrinas, tías o madres, sentadas en una tienda frente a varios vendedores que no paran de extender preciosas telas de colores ante la mirada seria de sus clientes. No hay que mostrar interés para negociar un mejor precio.

Esperando a la clientela.



De compras.
Vemos algunos trabajadores que aprovechan a descansar en el mismo carro hasta que se les requiera.  Y un señor que vende zumo de naranja, duerme plácidamente sobre el mostrador de un puesto hasta que llegue la clientela. Cualquier sitio es bueno cuando el sueño nos invade.

Toca descansar.
De repente alzo la vista y veo en la azotea de un edificio, un patio y una mezquita donde los fieles se unen al rezo. Hoy es viernes, día sagrado para los musulmanes y no se puede visitar. 


Sin embargo, sí que visitamos el templo Gurdwara Sis Ganj. Es un templo de la religión sij, un lugar tranquilo para descansar y sobre todo un lugar mágico para observar, desde el momento que llegas a la ventana a dejar tus zapatos, donde una fila de voluntarios espera para recogerlos y entregarte una ficha. En un cajón escogemos un pañuelo para cubrirnos el pelo. 


Nos sentamos al final de la sala, para observar a cada persona que entra, reza, cumple con los preceptos de su religión... y me emociono escuchando sus rezos, por el ambiente, por ese momento de paz.
Interior del templo sij.
Después vemos como un guía que acompaña a dos extranjeros entran en la cocina. Desde allí nos hace señas para que pasemos. Varios voluntarios se encargan de preparar la comida. Nos miran y asienten con la cabeza. Uno de ellos le saluda amablemente a Alex con una palmada en el hombro. Vemos las ollas gigantes donde se preparan los guisos y la berenjena cortada, esperando su turno. Después pasamos a otra sala, donde varias mujeres se encargan de amasar pan roti. Unos se cocinan manualmente y otros pasan por una máquina donde se aplanan y cocinan mecánicamente.

Preparando la comida.
Al salir, nos invitan a quedarnos a comer, se lo agradecemos pero no nos quedamos, es pronto. Aunque no quiero perder la ocasión de asistir a esos comedores comunales financiados por las donaciones de este grupo religioso. Hoy como todos los días repartirán miles de comidas a las personas que se acerquen al comedor.


Grupo de mujeres amasando rotis.
Tenía miedo de haber idealizado en este tiempo este país que tanto me sorprendió la primera vez, pero igual que me ocurrió al visitar de nuevo Japón, fue llegar aquí y volver a experimentar esa sensación alegría. Así que para las personas que me preguntan qué tiene India...suciedad, pobreza, insistencia, agotamiento, desesperación, miseria, engaño...pero si eres capaz´de mirar debajo de esa capa encontrarás inocencia, sorpresa, alegría, amabilidad, solidaridad, confidencia, colores, olores, espiritualidad….la vida.
Hombre preparando betel. 

jueves, 8 de octubre de 2015

Recuerdos de Ecuador

Todos tenemos nuestra lucha. Nuestra lucha interna. Hay personas que se cansan de luchar y se resignan. Otras necesitan un apoyo, un impulso para revelarse. Y otras no descansan hasta encontrar su lugar en este mundo. No importa dónde estén, cómo estén o cómo parezcan estar. Al final, todos luchamos con o contra nosotros mismos,  con o contra la sociedad, por eso debemos ser comprensivos y tolerantes con el de al lado, que al igual que nosotros también está lidiando con su existencia. Pero mientras sigamos luchando, la vida continua, y se van ganando pequeñas batallas que nos animan a avanzar. También se pierden otras y debemos sobreponernos. Y a veces tienes la grandísima suerte de encontrarte con personas con son ejemplos de auténticos guerreros, que pese a las dificultades no dejan de ver la vida con optimismo y que además lo contagian. Entonces te das cuenta que tu pelea en realidad no es tan enorme ni tan dramática y te hace ser más humilde y si aprendes la lección, también más fuerte. Cuánta gente de este tipo hemos conocido por el camino, y cuánto nos han ayudado, a veces incluso sin saberlo ellos, sin podérselo transmitir. Así que para ser justos y honrados con el karma, solo podemos trasmitir esos mismos valores a otras personas que en un momento dado también necesitan ese ejemplo en el que reflejarse. Y en ello estamos.

Una vez más hemos tenido una muestra de hospitalidad tan grande, de gente con un corazón enorme y con tanta humanidad que sólo puedo estar agradecida con el mundo por conocerles y hacerme partícipe de su existencia y de su manera de vivir,  que tanto me ayuda a aprender y a confiar en la bondad del ser humano.

Estos días hemos estado en San Agustín (Argentina), en una casa colonial del siglo XVIII como las que imaginaba en mi mente cuando leía las novelas de Isabel Allende. Sería el decorado perfecto para adaptar al  cine uno de sus libros. Sin retocar un solo cuadro. Una casa con mucha historia, en plena naturaleza, con un jardín hermoso,  con perros, caballos, un lugar idílico en el que Alex se sentía feliz y que tan bien nos ha venido para descansar después de tanto movimiento de cambio de países.
La casa de San Agustín.
Uno de los momentos que más he disfrutado, era sentados a la mesa en la comida o la cena, charlando con Soledad y Carlos, sobre su historia, sobre la Argentina, sobre la vida aquí y allá. Me encantaba escuchar a Carlos con su voz de locutor de radio y Soledad con ese acento argentino y su risa contagiosa. Podría decir que son encantadores, que el amor que en esa casa se respira crea un ambiente perfecto pero como en la famosa canción “las palabras se quedan cortas para decir todo lo que siento”. Así que diré que su ejemplo de vida me reconforta y me llena de paz. Pienso, “así me gustaría vivir, tan satisfecha con lo que hacen”. Y es que todos los integrantes de la familia nos han hecho sentir como en nuestra familia, esa que dejamos hace un año y que en este último tramo del viaje empiezo a echar demasiado de menos. Bueno, todos menos uno. Samba, la perra más brava que hemos conocido ejercía bien su papel de guardián y mantuvo a Alex alerta todo el tiempo.
Con Carlos y Soledad.
Pero sin duda alguna, el hijo mayor, Boti ha sido la persona que más profundamente admiro. Leí de corrido el libro que, junto con su madre, escribieron acerca de su vida y experiencia con su discapacidad. Lo que más me impresionó fue su eterna lucha desde pequeño para seguir adelante y la fuerza con la que ha afrontado su situación. Fue un niño que supo ganarse muchos amigos desde pequeño, y eso nos fácil cuando otros como yo por ejemplo estábamos con nuestros complejos. Supongo que aceptar su discapacidad con naturalidad y contar con el apoyo de esa magnífica familia han tenido mucho que ver en su evolución y en llegar a ser el hombre fuerte que es hoy. Y su labor continúa ayudando a otras personas con discapacidad, pero no sé si es consciente de cuánto ayuda también a otras personas que como yo, vemos en él un referente para afrontar la vida, para quitarse el sombrero, aunque el mío me lo olvidé en Cuenca (Ecuador) y tenga la cabeza descubierta.

¿Y cómo llegamos hasta San Agustín?

Pues fue precisamente a través de Agustín, un chico que conocimos en Cuenca (Ecuador), en el país en el que nos quedamos en el relato nuestro viaje y del que al menos quiero dejar algunas notas escritas, porque ya son muchos los lugares y las vivencias y noto que algunos detalles se difuminan entre los recuerdos.

Por la sierra de Ecuador

Visitamos Ecuador porque era el paso natural para llegar a Perú desde Colombia. Tampoco estaba en nuestra lista inicial de países, así que Alex se esmeró en detallar una ruta para cruzarlo de norte a sur. Conforme leía más del país, más encandilado se quedaba y no paraba de decirme “creo que vamos a pasar más tiempo en Ecuador”. A mí era fácil sorprenderme, porque la imagen que tenía del país era tan simple! Sólo pensaba que en Ecuador no hacía ni frío ni calor por estar en la mitad del mundo y que era todo selva. Definitivamente viajar me ha venido bien para ampliar mis conocimientos geográficos.

En la Mitad del Mundo, con el huevo en equilibrio.

Recorrimos el país por la sierra, sin visitar costa ni selva. Quizás así tuvimos una impresión más limitada del país, porque también el carácter de sus habitantes es diferente según la zona que se visita, como ocurre en España. Pero no contábamos con más tiempo y teníamos que elegir. Y así también nos íbamos adaptando a la altura, que siempre nos ha infundido respeto.

Laguna del Quilotoa.
Ecuador se convirtió en el país en el que más excursiones hicimos por la montaña; visitamos las lagunas cercanas a Otávalo, subimos al refugio del Cotopaxi (que se puso en erupción 15 días después), hicimos una excursión de tres días a la laguna del Quilotoa, caminamos y caminamos hasta el columpio del final del mundo en Baños y finalizamos con la visita al parque natural de Cajas, cerca de Cuenca.
Volcán Cotopaxi.

Con los vascos Nuria y Txus almorzando jamón serrano en el refugio del Cotopaxi.
Quedé maravillada por Ecuador, más aún porque no esperaba ver lugares tan increíbles allí y experimenté ese placer inmenso de contemplar la naturaleza después de un gran esfuerzo, sobre todo en el Quilotoa. Qué alegría ver esa laguna inmensa!
Columpio del fin del mundo.

Alex no quería bajar del columpio.

Por el contrario, también la montaña nos enseñó que hay que andar con cuidado y respetarla, y en nuestra última excursión al parque natural Cajas tuvimos un percance en el que casi nos caemos Alex y yo y desde entonces se me ha quedado un miedo irracional en el cuerpo que tendré que enfrentar para superarlo. Ya me bloqueó en la laguna de Churup en Huaraz (Perú) y en los pasos entre vías hacia Machu Picchu. Confío que el ejemplo de Boti en la mente me sirva para afrontar este miedo estúpido.
Paisaje lunar del Parque Nacional Cajas.

En la cumbre, antes del susto en Cajas.

Ecuador, un pueblo indígena

Quizás sea un poco injusta la descripción que hago aquí de los ecuatorianos, pero sólo me refiero a la impresión que me dieron aquellos con los que traté, no quiero generalizar para el todo el mundo, porque además cada persona es un mundo.

Me sorprendió ver un pueblo tan indígena. Entramos por Otávalo, donde la gente va vestida con el traje tradicional. Me encantó verles así, tan orgullosos de sus raíces. Pero a la vez sentí que eran más introvertidos y nos costó más entablar conversación con ellos. Aunque claro, también los estaba comparando con sus vecinos colombianos, siempre tan abiertos y llenos de alegría. Aún así nos trataron siempre con amabilidad y respeto. Coincidimos con unos cuantos que habían vivido en España y han vuelto a su país cuando la situación económica se complicó. Nos hablaron de esa época con melancolía  y me alegraba comprobar que se habían sentido bien en nuestro país.
Mercado de los animales en Otávalo.

Señora inspeccionando los atributos del cuy.

También nos quedamos con la falsa impresión de era un país próspero. Con buenas carreteras, servicios, atención médica y más caro por la adopción del dólar como moneda oficial. Creíamos que el pueblo estaba contento con Correa, pero cuando nos tocó vivir de cerca el paro general, con los cortes en la carretera, escuchando los testimonios de sus habitantes y observar cuán enfadados estaban con el gobierno, comprobamos que la realidad era otra. Aunque también admirados por la fuerza con la que luchaban por defender su país, con orgullo.

Corte de carretera el día de paro.

Piedras en la carretera para impedir el paso de vehículos el día del paro. Cerca de la frontera con Perú.

La casa de los artistas

Y no quiero acabar la crónica de Ecuador sin contar uno de los mejores momentos que vivimos en este país. Nuestros días en la casa de los artistas.

Llegamos a Cuenca en fin de semana y feriado. Una de las ciudades más turísticas y bonitas de Ecuador, pero que estaba repleta de turistas, con pocas opciones de alojamiento y más caro. Cansados de preguntar en todos los hostales nos cruzamos con un argentino que iba haciendo malabares por la calle y que nos debió ver la casa de desesperados porque nos preguntó cómo estábamos. Él nos dio la indicación de 3 hospedajes baratos, a los que sin sus indicaciones nunca hubiésemos llegado: una casa a la que se llegaba con recomendación, la Pachamama y la casa del terror. La última directamente la descartamos y más después de conocer los motivos de su fama; la Pachamana estaba completa, así que optamos por la primera casa. Desde fuera nada hacía sospechar que ofrecían habitaciones. Nos dio la bienvenida Óscar, un italiano de pelo rizado con una gran sonrisa que nos invitó a pasar mientras esperábamos a la encargada. Nos puso al día de que la casa estaba ocupada por otros chicos y que había muy buen ambiente. Compartía habitación con su dulce Ornella.  

Reencuentro con Óscar en Vilcabamba, con su puesto de joyas. 
Noemí era la encargada del lugar, que vivía con su madre en una habitación anexa a la casa. Era un lugar tranquilo. Con un patio común, cocina. Nos dio el visto bueno y nos asignó una habitación. Resultó ser una mujer amable, interesada por todos los chicos que allí convivían y por conocer más de otros países. Me contaba cómo le sorprendía que en otros países hubiese estaciones marcadas con frío, calor porque allí en Cuenca hace el mismo tiempo durante todo el año, teniendo frío, calor, viento y lluvia en un mismo día.

Por regla general, todos los que se hospedaban allí era por largo tiempo. Todos eran artistas, y se ganaban la plata (que no la vida) con algunas de sus habilidades y/o pasiones para continuar viajando. El brasileño Eirin y Natalia de Bilbao, vestían a dúo con tirantes rojos y pantalón verde y hacían un espectáculo en el que Natalia tocaba el violín y Eirin subido a un monociclo hacía equilibrios con cuchillos. Vivían con su perrita Suca que les acompañaba desde Brasil. Ellos nos descubrieron el poder de las palomitas, que después les copiamos haciéndolas en otros hostales y cuánto nos sirvieron para cambiar el humor de muchas trabajadoras. Tan sólo compartiendo un puñado de palomitas : )

Óscar y Ornella también llevaban un tiempo allí. Diseñaban y fabricaban joyas artesanales, muy bonitas. A pesar de su juventud, a Óscar se le vía tan resuelto y risueño. Se le notaba la experiencia de sus viajes. Ornella era tranquila y pausada. A veces hablando con ella notaba que me miraba fijamente con cara de felicidad y me hacía dudar si era porque no me entendía hablando tan rápido, si me escuchaba atentamente o disfrutaba con calma de cada momento, con la serenidad que a mí me falta y a veces me lleva a acabar las palabras de cada frase. Quiero creer que era una mezcla de las tres.
Con Ornella y Óscar. Nos faltaron en la foto Eirin, Natalia y Agustín.
Y por último estaba Agustín. Después llegarían de nuestra mano Carina y Ailin, y Adriana y Mat, estos últimos de regreso de Perú después de haber estado antes un mes en la casa.
Agustín tenía el cuarto principal que se veía nada más entrar en la casa. Se le veía cómodo en su habitación, con su computadora, su guitarra y todo lo que necesitaba para componer su música. Al principio lo noté distante y receloso. Quizás pensaba de dónde salíamos nosotros, que no parecíamos seguir la tónica de la casa. Luego descubriría que más bien era timidez.  Nosotros no vendíamos nada y éramos los extraños allí; en realidad vendimos la casa antes de empezar el viaje, pero nuestro ritmo era diferente y contábamos con la seguridad de un respaldo económico para continuar el viaje. Pero por suerte en las mentes viajeras existen pocos prejuicios y no fue motivo de distancia. Al contrario, estuvimos en la casa muy a gusto y aprendimos muchísimo de ese otro modo de viajar, viajando lento, con la incertidumbre de adonde llegarás pero satisfecho de que cada paso que consigues es por medio del propio esfuerzo, del propio arte.
Chapatis, hamburguesas vegetarianas y ensalada de tomate y huevo con verduras.
Agustín cantaba y tocaba la guitarra. Le escuchábamos sentados desde el banco que había en la entrada y comentábamos con Alex lo bien que lo hacía. A Alex le supuso plantearse más en serio su afición por la guitarra que parece que no llega a cuajar pero siempre le acompaña.

Agustín resultó ser un chico amigable, cercano, que como Ornella transmitía serenidad. Parecía estar en un buen momento consigo mismo, satisfecho de dónde estaba y cómo había llegado, muy espiritual. Hicimos una cena vegetariana antes de que se fuesen los italianos, y allí les contamos algunas cuantas anécdotas de nuestro viaje. Nos escuchaban sabiéndolo hacer, curiosos por nuestras historias y nosotros por los de ellos. Por aquel entonces, aún no teníamos comprado el billete de vuelta a España, pero ya habíamos decidido que saldríamos desde Sao Paulo y cruzaríamos todo el continente de izquierda a derecha, pasando por Salta. Agustín nos invitó a quedarnos en su casa, con su familia y cuando supo que íbamos a pasar por allí se encargó de ponernos en contacto con sus padres para que nos recibiesen. Él nos regaló la oportunidad de disfrutar de su familia en su ausencia y de verdad ha sido un regalo fantástico.

Los últimos en llegar a casa

Y no quiero acabar el relato sin citar a los últimos en llegar a casa porque también guardo un muy buen recuerdo de ellos.
El día de la excursión al Parque Natural de Cajas, cuando acabamos cansados por haber elegido el recorrido más difícil, haber subido dos veces la montaña (porque casi al final del tramo me entró el pánico y tuvimos que dar la vuelta), habernos caído, mojado y helados de frío, Carina y Ailin fueron las dos almas caritativas que nos recogieron en la carretera, después de que el bus que acercaba a la ciudad pasara de largo. Como pudimos nos metimos en la parte de atrás, junto a las bolsas, camping gas, ollas y otros utensilios que llevaba Carina. Ella estaba recorriendo Sudamérica en su coche, vendiendo ropa y trabajando como voluntaria en diversos proyectos que encontraba a su paso. Ailin le acompañaba pero estaba al final de su viaje. Nos reímos mucho con estas dos argentinas que tanta gracia nos hacíamos mutuamente por cómo hablábamos. Carina llena de buen humor que contagiaba seguiría viajando hasta que se acabase la plata, pero se notaba que disfrutaba de cada lugar y de cada momento al máximo. Y como andaban buscando alojamiento, se hospedaron en la casa de los artistas, al fin y al cabo ellas también lo eran : )
Mat, Ailin, Carina y Adriana desayunando en la casa.
Por último, llegaron el francés Mat y la madrileña Adriana. Volvían de la selva peruana donde supuestamente a Adriana le habían echado un mal de ojo pues le habían robado dos veces seguidas, y una tercera que estaba por venir. Adriana llevaba un año viajando por el continente, vendiendo pulseras, flores de goma EVA, haciendo megaburbujas. A Adriana también le hacíamos gracias con nuestras historias, y nos pedía con su voz tierna y mimosa que nos quedásemos más días. Me pareció una chica muy dulce y me alegró saber que su ternura sería una gran cualidad para su trabajo como terapeuta con niños. A Mat me encantaba oírle con su acento francés hablando en español de allí, con el “ahorita”, “este man” y ejerciendo de un auténtico chef, limpiando un pescado que se atrevió a comprar en el mercado por su aspecto fresco y que terminó cocinando en un brasero del patio cuando nos robaron el gas.

El ladrón de gas

Y por muy impensable que parezca nos robaron el gas; las cuatro bombonas que había en la casa de las que nosotros mismos desconocíamos su ubicación.

Un hombre totalmente familiarizado con la casa y con todo muy planificado se hizo pasar por el hombre del gas enviado por la encargada que acababa de salir, y como Pedro por su casa se llevó una a una las bombonas de gas para cambiarlas por otras que no llegaron. No sabíamos que era una práctica habitual por allí, y le decíamos a Adriana que no se preocupase por el mal de ojo, que pronto volvería el hombre con las bombonas de repuesto. ¿Cómo iban a robar el gas? Pero así fue. Lo mejor fue vernos salir a Mat, Adriana, Noemí (la encargada), Agustín, Alex y yo en busca de un vecino al que le intentaron robar pero lo impidió pegándole al ladrón. Al final no lo encontramos porque por miedo, una vecina no quiso darnos la información pero la imagen de los seis paseando por las calles y preguntando por el gas resultaba cómica. Como decía Adriana, seis personas tan diferentes que en otras circunstancias quizás ni nos habríamos cruzado, pero esa es la magia de viajar, que te permite compartir estas y mil situaciones impensables, con gente tan diferente que es de la que más se aprende.
Hazte amigo de personas que no son de tu edad; pasa el rato con personas cuya lengua materna no es la misma que la tuya. Conoce a alguien que no viene de tu clase social. Esta es la forma de ver el mundo. Esta es la forma de crecer.
Ahora cada uno sigue su rumbo, su viaje, su lucha interna; espero que Óscar, Ornella, Adriana y Mat por Estados Unidos, trabajando y ganando mucho dinero para continuar sus viajes; Agustín por Ecuador, disfrutando del viajar lento, aprendiendo en el camino, encandilando con su música y siendo consciente cada día más el potencial que tiene como artista; Ailin disfrutando de su familia en Argentina; Carina, viajando por mucho tiempo y llenando cada día de experiencias, personas y lugares nuevos; Eirin, Natalia y Suca preparando su viaje a España; y Alex y yo apurando los últimos días del viaje, escribiendo los buenos recuerdos de este gran viaje con un poco de melancolía y que justo hoy hace un año que empezamos.