miércoles, 25 de marzo de 2015

Dónde está el paraíso

¿Dónde está el paraíso?

A las 5 de la mañana suena la alarma del reloj de Alex y seguidamente la del ipad. Los gallos llevan rato cacareando, como respondiéndose entre ellos, pero casi nos hemos acostumbrado a que rompan el silencio de la madrugada, desde las 4h de la mañana hasta la noche. Ellos viven en el paraíso y aquí no hay horarios ni normas.

Desayunamos a oscuras porque la luz todavía no ha vuelto. Cogemos las mochilas y nos vamos a la pequeña estación de autobuses donde nos espera la caravana que nos llevará de nuevo a Puerto Princesa. Casi media hora hasta que nos colocamos todos, y eso que sólo somos 13 pasajeros. Se oye una moto y Alex me dice que es John. Se ha acercado a despedirse de nosotros, con sus ojos siempre rojos y su sonrisa. Nos da la mano y nos desea buen viaje, y para no perder la costumbre me despido de Port Barton con emoción.

Atardecer en Port Barton.


Niños jugando en la playa.
 Hemos dicho adiós al paraíso. A ese paraíso que espero permanezca como está, a pesar de que ayer en la playa Eduard nos contaba que están acabando el aeropuerto y la carretera y pronto vendrán más turistas. No es que no quiera que más gente disfrute de este lugar, sólo quiero que permanezca con la misma pureza y esencia con la que lo hemos encontrado. Otros viajeros nos hablan de El Nido, donde los barcos se acumulan uno detrás de otro para hacer las excursiones a las islas vecinas y todo está programado y preparado para el turista. No quiero que Port Barton se convierta en eso. Eduard nos pregunta si nos ha gustado su pueblo y solamente podemos contestarle que es el paraíso.



Familia y rutina



Y es que aquí nos hemos sentido en familia. A falta de la nuestra que está a kilómetros de distancia, John, su mujer y las chicas de la tienda se han preocupado de nuestro bienestar. Además hemos tenido la suerte de tener unos compañeros de casa y vecinos muy majos. Se fue temporalmente Florence (el chico de Bayona) a El Nido. Le cuenta a Alex que va a quedarse en Port Barton a trabajar en la escuela. Se fueron Auke y Jane después de sacarse la licencia de buceo, una pareja encantadora. Se fue Céline, nuestra vecina canadiense con la que compartíamos rutina de trabajo diario, ella con sus ejercicios de inglés, Alex con la ruta de Nueva Zelanda y yo con un poco de trabajo y preparativos del viaje. Era como mi Frédérique de Filipinas, serana, agradable. Y vino más gente, como Geena que nos descubrió la playa blanca y Greta con su chico, Tamara y Tomas, cuatro eslovenos con los que nos hubiese gustado compartir más tiempo. Tamara, llena de energía, trabaja viajando y contando sus historias en un blog I love journeys. Me aconseja que escriba en inglés. Greta y su pareja (no recuerdo el nombre) nos hablan de los problemas de su país, parecidos a los nuestros. Tiene unos ojos preciosos y me gusta que diga que la casa tiene buena energía. La casa que ha sido como nuestra durante 9 días.


En nuestro rincón de la playa blanca.


Pero si por algo recordaré Port Barton como un lugar maravilloso, es porque fue el lugar donde aprendí a meditar, cuando menos lo esperaba, lo conseguí. Tras muchos consejos de Popo Gunji, de Indi, de Vinoth, de mi madre, de mi hermano y de Alex de que "no pienses tanto, no pienses tanto" al final lo conseguí. Y fue una gran experiencia, un hecho que marcará un antes y un después en la manera de entender la vida. Pero no me quiero dispersar.

La vida en los aeropuertos

Nos esperaban dos días largos de vuelos y aún lo fueron más. Llegamos de Port Barton a Puerto Princesa en caravana y comimos en la eatery de nuestra amiga, donde estuvimos la vez anterior. Ya Puerto Princesa nos recibió con el ajetreo de coches, calor sofocante y contaminación.  Se esfumó en cuestión de segundos toda la paz y relax de traíamos de la playa. Pero nos lo tomamos con calma y por la noche nos fuimos a cenar a un delicioso restaurante vegetariano para celebrar nuestro aniversario de boda.
Felices en el aeropuerto de Puerto Princesa.

Adiós Puerto Princesa.
 Al día siguiente volábamos a Manila. Teníamos todo el día para hacer algunas compras, sobre todo de comida y productos de higiene para Nueva Zelanda, donde seguro que cuestan 3 ó 4 veces más. Pero conociendo la paranoia que tienen los kiwis con todo producto que entra en sus islas, tampoco quisimos arriesgarnos y cargarnos mucho.

Gracias a la paciencia adquirida en India, decidimos ir al aeropuerto con tiempo, preparar el equipaje tranquilamente y cenar antes de facturar. Tranquilamente nos acercamos al mostrador sin saber la sorpresa que nos esperaba. Volábamos de Manila a Sydney con un Cebu Pacific  y tras una escala de 9 horas cogeríamos otro vuelo hasta Christchurch (Nueva Zelanda). Habíamos leído algo acerca de la visa de tránsito, pero supusimos que no la necesitábamos si nos quedábamos un rato más en el aeropuerto.  Primer error, suponer. Si estás más de 8 horas de tránsito en el aeropuerto necesitas una visa de tránsito y nosotros íbamos a estar 9h y en el ordenador de Cebu Pacific aparecía que no podíamos volar sin la visa. Una visa que se solicita online y cuesta unos 4 ó 5 días. De repente vimos cómo nuestro viaje se acababa en ese mismo instante. Si no volábamos a Sydney, perdíamos el vuelo a Nueva Zelanda (ya pagado), el dinero del alquiler de la caravana por un mes y el dinero de los vuelos de Nueva Zelanda a Hong Kong. No podíamos pagarlos de nuevo. Con la tensión y la desesperación ante esta situación, a Alex le dio un bajón de tensión y yo me eché a llorar. Sentados en el suelo del aeropuerto incapaces de encontrar una solución. 
Felices en el aeropuerto de Manila, antes del susto de la visa.
Pero una vez más, y gracias a este mundo que cuida de nosotros dos personas maravillosas como son Michelle y Atlas, trabajadores de la aerolínea Cebu hicieron todo lo imposible por ayudarnos. Nos ayudaron a completar la solicitud de visa online, llamaron a la embajada, les contaron el problema, pidieron que nos la tramitasen y en 23 minutos conseguimos la visa, media hora antes de que fuese el embarque del vuelo. Michelle estaba tan contenta como nosotros, saltando y diciendo “I’m so happy, I’m so happy” (estoy tan feliz, estoy tan feliz). Nos contó que la semana anterior unos españoles tuvieron el mismo problema y no pudieron volar. Y cuando dejábamos el aeropuerto, un inglés nos dijo que se quedaba en tierra porque le había pasado lo mismo que nosotros. Así que no podíamos estar más agradecidos y poder continuar el viaje. Apenas pude dormiré en el avión del susto que llevaba en el cuerpo y ni siquiera salimos del aeropuerto de Sydney para explorar la ciudad en las 9 horas de escala. Allí nos quedamos, esperando que llegase cuanto antes la hora de volar a Nueva Zelanda. 

Aunque reconozco que fue gracioso cuando la policía de inmigración nos preguntó sonriendo si no nos gustaba Australia por volar directamente a Nueva Zelanda sin visitar su país.

El silencio Nueva Zelanda

Llegamos al lugar del planeta más alejado de España, exactamente en las antípodas de nuestro país. Son la 1 de la mañana y no tenemos prisa. Así que lo primero que hago es entrar al baño y comprobar si es cierto que el agua gira al revés por la fuerza de Coriolis.

Respondemos honestamente al cuestionario de inmigración para evitar que nos pongan una multa de 400$NZ por llevar comida y medicamentos y cuando ven que hay comida dentro de mi mochila, lo primero que hacen es comprobar que lo he declarado. Llevamos sobres de café instantáneo, avena instantánea, galletas y arroz que nos sobró de Filipinas. Se llevan a analizar el arroz por si está contaminado de manera que pueda alterar el aislado ecosistema neozelandés. Al final no ha sido para tanto y entramos sin problema al país de los kiwis.

Es de madrugada y junto con otros tantos mochileros nos quedamos esperando en el aeropuerto hasta que amanezca. Ya desde aquí me sorprende ver muchos sijs, indios y asiáticos. Pero son indios y asiáticos occidentalizados. Recuerdo que nos comentaron que muchos indios emigraban a Australia y Nueva Zelanda en busca de trabajo.

Christchurch

Christchurch nos recibe con el cielo gris y frío. Cogemos un bus hasta el hostel donde nos alojaremos una noche y el ambiente que veo me recuerda a los barrios residenciales de las películas americanas. Todo está perfecto, casi no se ve gente.









Baños públicos en todos los sitios, eso sí que es de agradecer.


Tenemos que esperar hasta las 12h para entrar a la habitación y decidimos hacer la compra para desayunar/comer? Con tantas horas de cambio no sabemos qué toca y nos hacemos unas lentejas, que ya echábamos de menos. Compramos lo justo en un supermercado que parece El Dia neozelandés y después de comer nos echamos por fin a dormir en una cama.

Compartimos habitación con Eva y Javi, dos gallegos blogueros muy majos que están viajando como nosotros un año pero en dirección opuesta a la nuestra. Empezaron en noviembre en América del Sur. Se dedican profesionalmente a viajar y compartir sus experiencias sobre viajes en su blog www.unaideaunviaje.com. Conocen a Miriam y Ferrán y como hicimos con ellos, les taladramos a preguntas : )  También duerme con nosotros Tomoaki, un chico japonés que habla un poco español porque lo aprendió en Perú. Le contamos que en junio iremos a su país y cuánto nos gusta.



Por la tarde, paseamos por la ciudad y vemos como todavía sigue la reconstrucción después de que dos terremotos en 2010 y 2011 asolaran el centro.

Marcas del terremoto.
Al fondo, la catedral pendiente de reconstrucción.



A las 5.30 p.m. cierran las tiendas. Paseando por sus calles no se ve a penas gente, todo está en silencio. Parece una ciudad deshabitada. Qué diferencia con India y con el resto de países asiáticos donde la vida transcurre de puertas hacia fuera, en la calle. Aquí hay casas preciosas, donde está claro que la gente vive de puertas hacia dentro. Después de cinco meses y medio de viaje, casi me había olvidado del modo de vida de occidental y no lo he echado de menos.

Me propongo no ponerle pegas a Nueva Zelanda antes de conocerla y disfrutar de sus encantos y su naturaleza al máximo. Mañana recogemos la furgoneta y comenzamos otra nueva forma de viajar.

sábado, 14 de marzo de 2015

Retiro en Filipinas

Estamos en Port Barton, un lugar donde no hay cajeros automáticos, ni Mc Donalds, donde la electricidad funciona solo determinadas horas (aunque tenemos wifi) y nuestra rutina es muy sencilla. Un lugar donde me he podido relajar y reconciliar con Filipinas.

Llegamos a Manila en avión, de madrugada. Esperamos unas horas en el aeropuerto hasta que amaneciese y cogimos el metro ligero y después un bus para llegar al centro de la ciudad. Tengo que admitir que, como si fuese la primera vez que viajase, iba totalmente condicionada y con prejuicios sobre la ciudad, así que yo misma me estaba creando una idea equivocada.

La primera impresión fue suciedad, ruido, contaminación, calor, prostitución, pobreza….trato de familiarizarme con el lugar, pero el ambiente no es como el de los otros países del sudeste asiático que hemos visitado. Manila está plagada de Mc Donalds, Dunking Donuts, Jollibee y Chowking entre otros, al más puro estilo americano. Con razón lleva la fama de ser la ciudad de las franquicias. Las canciones románticas y moñas asiáticas han sido sustituidas por canciones americanas y la gente aquí lleva otro ritmo; quizás herencia latina, pero se ven más lentos, más perezosos y menos ágiles. No hacen tanto deporte como sus vecinos asiáticos, ni se sientan en cuclillas y también con más sobrepeso.

De vez en cuando oigo alguna conversación entre filipinos y me parece español. El tagalo tiene bastante palabras en español o similares: uno, dos, tres, pesos, trabaho, basuraran,...o el nombre de  ciudades como Diversion, Belleza, El Nido, etc. Aunque aquí prácticamente todo el mundo habla inglés y no hay problema para entenderse.



Paseamos por la ciudad hasta Intramuros, zona colonial donde Legazpi fundó la ciudad. .Son las 3 de la tarde y el calor es sofocante. Hay seguratas en las entradas de todas las tiendas y policías con su traje ajustado portando una escopeta o pistola. Veo mucha gente pobre por la calle con mirada perdida, físicamente muy maltratados; Nos vamos hasta el barrio chino y por el camino cruzamos un puente donde niños de entre 8 y 10 años están esnifando pegamento, colocados. Me siento intranquila, incómoda e insegura y le pido a Alex que volvamos a nuestro hotel antes de que sea de noche. Otra vez todas estas sensaciones se amontonan en mi cabeza y al igual que me pasó en Calcuta, inexplicablemente empiezo a llorar. Parece increíble que después de todo lo que hemos visto durante nuestro viaje, especialmente en India, siga tan sensible a estas cosas; quizás el escudo que me he creado para tratar de no ver lo que hay a mi alrededor no ha sido suficiente y de nuevo la realidad me supera. 





La comida tampoco me fascina. Carne, carne y carne. Muchos filipinos ya se desayunan con un plato de arroz, huevo frito y tocino que se llama tosilog (lonsilog si es con longaniza). Tratamos de comer en alguna “eatery”, lugares donde se disponen en el mostrador una serie de cazuelas con distintos guisos para acompañar al arroz. Casi todo también de carne, pero al menos es más casero.
Bizcocho de ube, muy rico.

Fotos en honor a Jorge ;)

Desayuno filipino, también comida.
Abandonamos Manila para visitar Legazpi, una ciudad a 340 km de Manila. Llegamos a las seis de la mañana y desde el cristal del bus nos recibe el Monte Mayón, con el cono natural más perfecto del mundo. Se trata de un volcán bastante activo, con 50 erupciones los últimos 400 años. A nosotros nos sorprende una mañana con un pequeño temblor de suelo, que hace que Alex me despierte pensando que es un terremoto.
Nuevo país y nuevos medios de transporte. Aquí lo que abundan son los triciclos y los jeepees.

Triciclo que también sirve para transportar de todo.
 
Jeepee en Manila.

Cogemos un jeepee para ir Cagsawa , para ver las ruinas de un pueblo cercano al volcán. Nos metemos entre los arrozales y caminamos en dirección al volcán. El paisaje es fabuloso; el verde de los arrozales, las palmeras, la tranquilidad del lugar, vacas descansando y algún filipino trabajando la tierra. Las nubes tapan la cumbre del Monte Mayón, esperamos sin prisa y cuando por fin se descubre entero ante nuestros ojos nos quedamos un buen rato contemplándolo. No sé si es de verdad de lo perfecto que me parece.









Volvemos en bus nocturno a Manila, con el tiempo justo para coger un avión hasta la isla de Palawan. Esta es la isla que nuestra amiga Montse nos recomendó a través de un amigo, con playas increíbles.

Aterrizamos en Puerto Princesa. Aquí es famosa la excursión a través de un río subterráneo, pero Alex ha leído bastantes opiniones en las que está sobrevalorada. Así que alquilamos una moto y nos vamos a visitar Nagtabon, una playa desierta a 35km. El camino para llegar allí es complicado. Nos cruzamos con un extranjero que nos recomienda dejar aparcada la moto en el camino y bajar andando. Hasta los todoterrenos se quedan atascados. La caminata merece la pena. Al llegar allí sólo encontramos una docena de filipinos que viven allí, en pequeñas casas de madera y dos parejas de rusos. Acampamos debajo de unas palmeras y nos dejamos atrapar por la belleza de esa playa. En mi vida he visto un agua tan cristalina.

 

Al volver nos sorprende un templo budista y entramos a verlo. En cualquier otro país de Asia sería normal, en Filipinas es anecdótico. El vigilante de la entrada nos lo enseña y nos dice que se llama “templo chino”. Claro, sólo hay uno, para que van a pensar otro nombre. 
Aquí la presencia del catolicismo y de Jesucristo es tan grande o más que los templos hindús en India o los budistas en Tailandia, Camboya o Vietnam. Por las tardes, y sobre todo el domingo, las iglesias están a tope. 


Por la tarde vamos a tomar un zumo de frutas al garito de Noel, que junto con un vegetarianos son nuestros lugares preferidos para tomar algo en Puerto Princesa. Un filipino muy parlanchín, que nos pregunta por nuestra excursión. Se sorprende cuando le hablamos sobre la playa que hemos visto porque no la conoce. El domingo irá a visitarla. Le decimos que al día siguiente iremos a El Nido, el lugar famoso de esta isla. Pero nos dice que es muy caro en relación a otros y nos recomienda Port Barton, un poco antes, menos conocido y más barato. 

En el garito de Noel.
 Así que le hacemos caso. Queremos pasar 9 días en un sitio tranquilo para preparar nuestro viaje a Nueva Zelanda, trabajar y relajarnos. 


Port Barton es el lugar perfecto. Nos alojamos en una casa que nos parece el paraíso. No por los lujos, que son escasos, sino por el ambiente de paz y tranquilidad que tenemos. La compartimos con una pareja de holandeses, Auke y Jane y con un francés, Florence. Los tres son muy agradables. Florence es de Bayona pero ha vivido en América del Sur y habla muy bien español. Lleva 10 meses en Filipinas y en la casa lleva una rutina de vida tan tranquila como nosotros. Charlamos en el porche, cocinamos (que ya lo echaba de menos), vamos a la playa, nos damos un baño, hacemos gimnasia pronto en la mañana y después vamos a la “casa blanca” (otra casa de alojamiento de los mismos dueños que los nuestros) donde tenemos wifi y aprovechamos para coger los vuelos de salida de Nueva Zelanda, sin ellos no podremos entrar al país. Allí la gente que se aloja también es muy maja, en especial una canadiense de Quebec que habla francés, y estudia inglés. También sabe español porque vivió en Perú, y cada vez que vamos a su casa charlamos un rato.  
Nuestra casita.

Atardecer en la playa de Port Barton.


La gente de aquí organiza pequeños tour en los que te llevan en su barca por las islas de alrededor. Ayer hicimos uno de ellos junto con Suzanne y Alexia dos chicas de Toulouse muy simpáticas. Todo el mundo parece tan majo aquí. Visitamos varias islas y practicamos snorkel. Era nuestra primera vez. Auke y Jane nos dijeron que nos encantaría y así fue. Yo me quedé alucinada viendo todo lo que se esconde en el fondo del mar y ahora entiendo a la gente que es tan aficionada al snorkel y al submarinismo porque es como estar en otro mundo. Tuvimos suerte porque además de ver muchos tipos de peces (al de nemo entre otros), vimos estrellas de mar, caballitos de mar y hasta una serpiente. Así que ya estamos deseando repetir.





Ensalada, arroz, pescado y bananas, esto sí que está rico,

Con Suzanne y Alexia, disfrutando de la comida que nos prepararon.











Y aquí seguiremos hasta el día 20 que volveremos a Puerto Princesa, llevando una vida lo más asilvestrada posible J