sábado, 14 de noviembre de 2015

Un día en India

Llegada a India


Llegamos directos a la estación de New Delhi desde el aeropuerto. Caminamos con la naturalidad de saber por dónde nos movemos. Reconocemos todo, prácticamente igual; los lugares, los olores, las sensaciones que tuvimos en cada lugar, las anécdotas…

Nos parece que hay menos gente. Sorteamos a los conductores de rickshaws y taxis, que apenas nos preguntan. Escuchamos los ininterrumpidos pitidos de las motos y coches, cruzamos la calle y nos adentramos en Paharjang. Barrio típico mochilero donde estuvimos el año pasado. Está todo decorado con lucecitas porque ayer se celebró el Diwali, el festival de las luces, que marca el comienzo del año nuevo hindú; los dos días siguientes también son fiesta. Lo corroboran los petardos que cada dos por tres se escuchan en la calle.
La calle Main Bazaar decorada con las luces del Diwali.


Se nos acerca el primer joven que quiere ofrecernos alojamiento. Comenzamos la ruta en busca de una habitación con las mochilas al hombro. Al final decidimos ir al mismo hotel del año pasado, pero necesitamos un buen precio. Nos reconocen al cruzar el umbral de la entrada. Tan amables como la otra vez. Charlamos, negociamos y finalmente se porta muy, muy bien con nosotros.

Vida diaria en Paharjang

Paseamos por la calle principal. “Te acuerdas de…?” no paro de recordarle momentos pasados a Alex hasta apurar casi su paciencia. Un hombre comienza a hablarnos, interesado por nuestra visita a su país aunque en realidad quiere llevarnos a una “agencia del gobierno” para que nos den mapas gratis. Nos acompaña un largo rato, no nos importa, nos reímos juntos. “Second time in India”(segunda vez en India). Al final se despide contento por la charla, aunque no se lleve la comisión.  Trabaja en Tata y se va a ir a Canadá unos meses. Sabe que allí hará mucho frío pero ganará mucho dinero. 


Callejeamos por los alrededores, pasamos por el puesto donde me compré el pintalabios que aún llevo, la pastelería donde compramos los pasteles que llevamos a la cena de Ira…y ahora se acerca Kazim. Misma táctica. Tiene que conseguir que entremos a su agencia. Pero a la vez le apetece hablar, la curiosidad india es infinita. Intenta explicarnos que los tickets necesitan un sello del gobierno, aún sabiendo que no nos engaña. Nos reímos. Nos da su número con la esperanza de que alguna amiga vaya en verano y necesite un guía. Vemos un cementerio cristiano. Allí mismo? En pleno centro? Decidimos visitarlo y nos despedimos de Kazim. Hasta allí casi no llega el bullicio de la calle, y es un buen lugar tranquilo para pasear, como ya hicimos en el cementerio de Calcuta. Vemos las primeras vacas por la calle, que aquí llaman más la atención porque no es su lugar habitual. Aún así, se las deja pasar como a un viandante más.


Me sorprendo analizando cada situación con dos perspectivas. Como si fuera una recién llegada y con mis propios ojos después de todo lo vivido. Puedo entender a las personas que dicen que Delhi les satura, o no les gusta. Sobre todo si es la primera ciudad que se visita. Sin embargo a mí me encanta por todas las posibilidades que ofrece. Hay tantas cosas por ver y una forma de vida tan diferente que cualquier actividad cotidiana me resulta un atractivo!
Nos imaginamos Alex y yo que viniese nuestra familia a vernos… ¿cómo reaccionarían? ¿Dónde les llevaríamos a comer? 
Saboreamos con deleite la masala dosa, la chola batura, los rollos afganos, el aloo palak, los sándwich callejeros cocinados justo enfrente de los urinarios públicos…esto es India! 
Masala dosa, aunque es mejor la del sur.

Chola batura.
Hacemos una cata de chai probándolos en diferentes puestos hasta encontrar el que más nos guste. Nos adentramos en los callejones estrechos, donde hacen vida los indios; nos gusta comprar en las pequeñas tiendas de comestibles, comer en los restaurantes locales y ver cómo juegan la partida de cartas.

Tomando uno de esos chai se para un chico a nuestro lado al oírnos hablar. Nos pregunta de dónde somos, Barcelona, fútbol..y nos dice que no habla mucho inglés. Pero cuando le decimos que somos de Zaragoza y Alex le explica dónde está, contesta en un inglés fluido que en coche está a 3h de Barcelona. Se ríe y nos dice en español “es que yo he estado viviendo en Tudela y trabajando en la Expo de Zaragoza”. El año pasado también conocimos a otro y nos explica que muchos jóvenes de Khajurajo (una ciudad de India donde existe el templo más erótico del mundo) fueron contratados para la Expo. Ahora vive en Chile, casado con una chilena y viene a India a comprar unas telas para venderlas luego allí. 38h de viaje.

Los dos primeros días aún llevamos los horarios cambiados y comemos a destiempo. Tratamos de ponernos una rutina; unas horas de trabajo y después pasear por la ciudad como si fuese la nuestra. 

Visita a Chandni Chowk

Nos acercamos al Fuerte Rojo sólo para verlo desde fuera y allí comienza la primera sesión de fotos. Vienen los más atrevidos, móvil en mano, a pedirnos una foto. Y en cuanto unos se deciden, otra familia se arpoxima apresurada a pedirnos lo mismo. Parece increíble que todavía se sigan sorprendiendo de ver a extranjeros. Y extranjeros tan normales como nosotros, que al fin y al cabo podríamos pasar perfectamente como indios. Pero me encanta ver esa cara de ilusión y perplejidad al vernos, sobre todo la de los niños.
En el Fuerte Rojo.

Alex en el Fuerte Rojo con un chico indio que le resultaba familiar :)
Paseamos con dificultad por el barrio de Chandni Chowk, en Old Delhi. Había olvidado lo difícil que resulta a veces caminar por sus calles, entre motos, coches, rickshaws, y gente, gente y más gente. 

Todos en la calle.
No puedo evitar la comparación con Japón, donde todos respetan tu espacio vital, no hay roces y aquí no dejamos de recibir empentones en cuanto se concentra un poco de gente alrededor. Para evitarlo, a veces sin éxito, nos metemos por los estrechos callejones repletos de puestos donde se venden joyas, sariis y telas de todos los colores y con todas las pedrerías posibles. 

Callejones de Chandni Chowk.
Ir de shopping en india es echar toda la mañana, o todo el día. Vemos grupos familiares, en su mayoría mujeres, acompañadas de hijas, sobrinas, tías o madres, sentadas en una tienda frente a varios vendedores que no paran de extender preciosas telas de colores ante la mirada seria de sus clientes. No hay que mostrar interés para negociar un mejor precio.

Esperando a la clientela.



De compras.
Vemos algunos trabajadores que aprovechan a descansar en el mismo carro hasta que se les requiera.  Y un señor que vende zumo de naranja, duerme plácidamente sobre el mostrador de un puesto hasta que llegue la clientela. Cualquier sitio es bueno cuando el sueño nos invade.

Toca descansar.
De repente alzo la vista y veo en la azotea de un edificio, un patio y una mezquita donde los fieles se unen al rezo. Hoy es viernes, día sagrado para los musulmanes y no se puede visitar. 


Sin embargo, sí que visitamos el templo Gurdwara Sis Ganj. Es un templo de la religión sij, un lugar tranquilo para descansar y sobre todo un lugar mágico para observar, desde el momento que llegas a la ventana a dejar tus zapatos, donde una fila de voluntarios espera para recogerlos y entregarte una ficha. En un cajón escogemos un pañuelo para cubrirnos el pelo. 


Nos sentamos al final de la sala, para observar a cada persona que entra, reza, cumple con los preceptos de su religión... y me emociono escuchando sus rezos, por el ambiente, por ese momento de paz.
Interior del templo sij.
Después vemos como un guía que acompaña a dos extranjeros entran en la cocina. Desde allí nos hace señas para que pasemos. Varios voluntarios se encargan de preparar la comida. Nos miran y asienten con la cabeza. Uno de ellos le saluda amablemente a Alex con una palmada en el hombro. Vemos las ollas gigantes donde se preparan los guisos y la berenjena cortada, esperando su turno. Después pasamos a otra sala, donde varias mujeres se encargan de amasar pan roti. Unos se cocinan manualmente y otros pasan por una máquina donde se aplanan y cocinan mecánicamente.

Preparando la comida.
Al salir, nos invitan a quedarnos a comer, se lo agradecemos pero no nos quedamos, es pronto. Aunque no quiero perder la ocasión de asistir a esos comedores comunales financiados por las donaciones de este grupo religioso. Hoy como todos los días repartirán miles de comidas a las personas que se acerquen al comedor.


Grupo de mujeres amasando rotis.
Tenía miedo de haber idealizado en este tiempo este país que tanto me sorprendió la primera vez, pero igual que me ocurrió al visitar de nuevo Japón, fue llegar aquí y volver a experimentar esa sensación alegría. Así que para las personas que me preguntan qué tiene India...suciedad, pobreza, insistencia, agotamiento, desesperación, miseria, engaño...pero si eres capaz´de mirar debajo de esa capa encontrarás inocencia, sorpresa, alegría, amabilidad, solidaridad, confidencia, colores, olores, espiritualidad….la vida.
Hombre preparando betel.