jueves, 7 de enero de 2016

Etapa final del viaje, una vuelta inesperada

Vuelta a casa

Parece mentira que hace unos meses estuviéramos en España deseando volver a India, y ahora estamos de vuelta, más felices que nunca de volver a casa. Está claro que la vida es un constante cambio, una caja llena de sorpresas. Volvimos a India porque algo nos llamaba, no sabíamos qué; volvimos buscando algo y nos sorprendió lo que encontramos. Sin embargo, considero que como todas las experiencias que hemos vivido, también esta nos ha ayudado mucho a valorar, más si cabe, todo lo que tenemos. A sentirnos verdaderamente afortunados.


Escribo estas líneas porque escribir me ayuda a poner en orden mis pensamientos, porque estoy feliz de poder escribirlas y porque sabemos que hay personas que nos han seguido, algunos conocidos, otros no, pero de igual modo queremos compartir con vosotros qué ha ocurrido en esta etapa final del viaje y qué nos hizo volver a casa de manera inesperada.

Desde Delhi a Benaulim (Goa)

Llegamos a Goa en avión desde Delhi. No podíamos desplazarnos de otra manera porque seguíamos con diarrea y un viaje en autobús sin baño hubiera sido terrorífico; en tren no había plazas.
Estábamos tan saturados de la contaminación de Delhi y tan cansados de encontrarnos mal, que pensamos que pasar unos días en la playa nos vendría bien.
Esperando a coger el avión a Goa, Alex con cara de malito.

Justo el año anterior también estuvimos en Goa para estas fechas. En aquella ocasión fuimos a la playa de Palolem, donde había gente más joven. Esta vez elegimos Benaulim, porque leímos que era una zona tranquila, familiar y eso era lo que necesitábamos.

Goa es un estado muy diferente al norte de India. Tiene unas cuantas peculiaridades que hacen único al estado más pequeño de India. Fue colonia portuguesa; es de mayoría católica, allí el alcohol no tiene impuestos y es muy, muy barato, por lo que es habitual ver licorerías en cada esquina y su gastronomía también contrasta en un país de mayoría vegetariana, con platos típicos como la salchicha goana, o la ternera al estilo de Goa, además de su exquisito arroz con curri y coco, gambas… Todo delicioso cuando tienes el cuerpo en condiciones para saborearlo.
Salchicha goana.
Goa se sitúa en el sudoeste de India, exuberante en vegetación, con grandes casonas de varias plantas, pintadas de colores llamativos y totalmente adaptada para satisfacer las necesidades de los turistas; una gran oferta de alojamiento desde hoteles de lujo, apartamentos independientes con cocina, y guesthouse más modestas y muy económicas;  supermercados en los que se vendía hasta fideos japoneses udon, pastelería alemana regentada por nepalíes, restaurantes de comida india, china y continental, y una serie de tiendas de regalos y de cualquier accesorio para la playa. Un lugar cómodo para el extranjero.



Sus habitantes en esas fechas, eran en su mayoría familias de rusos y muchos, muchísimos ingleses retirados que van a pasar allí los meses de invierno y han creado sus propios grupos, algunos alemanes, algún que otro francés perdido y dos españoles, Alex y Rebeca.
Este es el ambiente en el que nos movimos durante los 16 días que pasamos allí.

Benaulim, paraíso hippie

Nos alojamos en una casa, donde los dueños vivían en la planta baja y alquilaban las cuatro habitaciones de la planta superior. Nos vino bien encontrar un lugar tan tranquilo, ya que fue en esa habitación donde pasamos la mayor parte del tiempo, tumbados en la cama, viendo moverse las aspas del ventilador.
En la terraza de la guesthouse.
En la habitación de nuestra izquierda vivía una pareja de ingleses. Nos contaron que se dedicaban a viajar seis meses y el resto del año volvían a su país a trabajar. Habían viajado durante dos años con una caravana por Europa desde Turquía. Eran unos aventureros, llenos de energía, muy simpáticos, que cada día nos preguntaban cómo nos encontrábamos y nos daban su apoyo. Eran realmente encantadores. Nos contaban que ellos una vez solucionaron su problema de diarrea tomando un chupito de vodka para matar todos los bichos. Quizás nos hubiese ido bien ese remedio.


Íbamos a desayunar a un restaurante que servían una gran variedad de desayunos. Allí todos se conocían y se respiraba un ambiente de adolescentes, entre ligues, risas, vestidos con ropas provocativas, muy modernos o muy hippies…. Estaba Mick Jagger, la mujer de Curt Cobain, la profesora de yoga, los tres ingleses malotes, la rubia animadora, y cada uno se tomaba su desayuno particular, porridge, dos huevos cocidos, ensalada de frutas con yogur y muesli, tostadas. En fin, creo que eso era lo más sano que tomaban en el día porque la mayoría eran fumadores (de lo que fuese), bebedores, juerguistas. Bromeábamos porque Alex y yo parecíamos los viejos, con nuestra vida monacal, y ellos los jóvenes. Estaba genial verles disfrutar y pensábamos que sería una buena forma de pasar la jubilación.

Nuestra vida monacal  

A pesar del buen ambiente, de la playa y del calor, nuestra salud no mejoraba. Yo mejoré un poco pero Alex estaba tan blanco que lo confundían con un ruso. Decidimos ir a un médico homeópata del pueblo, el Dr. Pritesh. Le recetó una medicación y volver al cabo de tres días. Le vino bien y parece que mejoró. Sin embargo, yo empecé a empeorar y volvimos a su consulta. Me dio una medicación específica, pero no noté mejoría. Intentábamos hacer un poco de vida. Madrugábamos para ir a la playa y pasear por la orilla, escribiendo en la arena nuestros proyectos y sueños. Un par de días alquilamos una moto para ver los alrededores. El solo hecho de sentir el aire fresco en la cara desde la moto nos hacía sentir mejor. Pero tampoco podíamos irnos muy lejos. A penas podíamos comer, a mí me sentaba todo mal y Alex tampoco estaba bien del todo.


Empezamos a plantearnos qué hacer. Habíamos pensado en visitar varios lugares turísticos en nuestra ruta hacia el sur, pero no veíamos el día en el que nos sintiésemos bien para reanudar la ruta. Teníamos pendiente bajar a Varkala y reencontrarnos con nuestro amigo Ajin (que nos quería presentar a su novia y nos invitó a su boda), con Abdul y con Vishak, que nos había seguido en nuestro viaje.
Con Ajin el año pasado.
No teníamos fuerzas para pensar en negocios y sentía que estábamos perdiendo el tiempo.  Nos frenaba mucho el vuelo que habíamos comprado para visitar Sri Lanka en enero, nuestro eterno destino pendiente, que al final tuvimos que cancelar.

Le decía a Alex que no quería que este viaje no significase nada para vosotros. Si no encontrábamos ningún negocio, al menos quería sentirme útil y trabajar como voluntarios en alguna organización. Contactamos con varias personas en India, pero no recibíamos respuesta. Nos avisaron para ayudar en la costa sur de Francia y en Nueva Zelanda, pero estábamos muy lejos.

Un doctor de Bangalore que tenía una ONG y ayudaba a gente de la calle en sus clínicas nos respondió, pidiéndonos que le explicásemos qué fechas teníamos disponibles para ver cómo podíamos organizarnos. Pero allí se quedo todo. A pesar de nuestra voluntad, yo seguía encontrándome mal y decidimos ir a un hospital.

Nuestra experiencia en un hospital indio

Después de 18 días con diarrea decidimos ir a un hospital de la ciudad cercana de Margao, por suerte a tan solo 5 km de nuestra ubicación. Llamamos al seguro médico y nos dijeron que fuésemos al hospital que quisiésemos porque allí no tenían ningún hospital concertado y que después nos abonarían las facturas.

Al llegar a admisión, lo primero que tuvimos que hacer fue pagar para que nos atendiera el Dr. Mahendra. Era un gran hospital, donde numerosos turistas ingleses acudían con grandes expedientes para su chequeo anual.

El doctor me recetó un antibiótico, sin darle demasiada importancia a la diarrea. Si seguía mal, tenía que volver a los tres días. Y seguía mal. Con el antibiótico comencé a tener naúseas, picores en las manos, sin ganas de comer. Al volver, el médico comprobó que seguía con inflamación y me dijo que era mejor que me ingresaran si yo estaba de acuerdo. Le dijimos que sí. La primera que me ingresaban en un hospital, y tenía que ser en India.
En el hospital de Margao (India).
Otra vez, el primer trámite fue pagar una cantidad estimada de los gastos, que después abonarían si resultaban ser menos.

No me puedo quejar del trato que allí recibimos. Llegó una enfermera con dos bolsas de papel llenas de botes y colocó en la mesilla una gran cantidad de medicamentos. Pensé que metía en el cajón productos de aseo personal como jabón, cepillo de dientes…pero en realidad era un montón de jeringuillas.  Continuamente entraban enfermeras en la habitación para tomarme las constantes, vigilar el suero, incluso me acariciaban la vena de la mano cada vez que introducían algún medicamento porque me dolía. Alguna un poco más atrevida me preguntaba de dónde era, si tenía hijos,…todas eran muy dulces, muy guapas, todas con un pequeño bindi en su frente, su pelo recogido en un moño y su uniforme azul. Se me ocurrió que entre sus normas de vestimenta tendrían como requisito que el bindi en la frente no fuera superior a medio centímetro de diámetro. Tonterías que piensas cuando tienes mucho tiempo sin nada que hacer.

Les sorprendía que para comer solo quisiese arroz blanco (¿sin dahl?), casi no comía. Sólo veía la cantidad de antibiótico que ponían y me preocupaba. Me hicieron una ecografía, un análisis de sangre básico y un análisis de heces. Parece que los resultados eran más o menos normales. Ya no tenía diarrea y preguntaban insistentemente si vomitaba. A penas me movía ni me levantaba de la cama. Así que al día siguiente, cuando vino el médico y me ofreció si quería seguir allí o salir, le pedí salir. Me pidieron quedarme hasta por la tarde. Tenía unas décimas de fiebre, pero parecía normal. Me recetaron más antibiótico y me pidieron volver al cabo de una semana, pero ya teníamos decidido volvernos a España. A las 19h salimos del hospital, y comprando la medicación en la farmacia del hospital comencé a marearme y tuve un bajón de tensión. Me encontraba fatal. Volvimos a nuestra casa en moto y el aire en la cara me reanimó. Por el camino, por la carretera oscura, vi como un joven con el cuerpo deformado, iba sentado en una tabla con ruedas que arrastraba su madre con la ayuda de una bici. Pensé, eso es mucho peor, así que no te quejes Rebeca.

La decisión de volver

Antes incluso de llegar a la guesthouse, fuimos directos a un cibercafé para comprar por internet los billetes de avión para España. Alex ya había consultado previamente los horarios. Si cogíamos el avión al día siguiente de madrugada, llegaríamos a casa el día de Nochebuena por la tarde, menuda sorpresa para nuestra familia. Yo no podía esperar a decírselo a mi madre y le avisé, pero Alex prefirió darles un sorpresón y llegar a casa como el del anuncio de El Almendro. Esta vez teníamos muchísimas ganas de volver a casa y estar con la familia.

Viéndolo en retrospectiva, después de todo lo que ha pasado agradezco enormemente que que mi amiga Mª Eugenia le diese importancia a lo que me pasaba y me aconsejase volver, las palabras de apoyo de Gema y apoyo incondicional de Frédérique, su preocupación, su reflexión de que valorase la opción de volver a casa y sobre todo, la insistencia de Alex en que volviésemos a casa, sus explicaciones para convencerme. Yo no quería volver, no quería rendirme, sentía que estaba perdiendo la oportunidad de descubrir lo que quería, pero si no le hubiese hecho caso, quizás no estaría escribiendo esto ahora.

Volábamos a las 3:40h de la madrugada desde Goa hasta Qatar y de Qatar a Madrid. Dos vuelos de 3 horas y media y 7 horas. Sobra decir que fueron los peores vuelos de mi vida. Solo contaba las horas para llegar a casa.

Por fin llegamos a Madrid. Nos sorprendió ver tantas personas que viajaban ese día para reencontrarse con sus familias. A mí personalmente no me gustan las navidades, por el consumismo asociado; sin embargo ese día me ilusionó estar allí, ver a familias, o gente sola con su mochila, sus maletas, que volvían a casa, que se reencontraría con su familia, se abrazarían contándose sus historias.

Por fin en casa, en familia

Nunca en mi vida agradecí tanto la posibilidad de llegar a Zaragoza en 1h y cuarto en el AVE, en lugar de 4h en el autobús. A nuestra llegada, nos recibió el tamborilero de Rafael y de fondo mis padres, mi hermano, mi cuñada y mis sobrinas, por fin en casa!!

Intenté pasar lo mejor que pude la cena de Nochebuena y la comida de Navidad. No tenía ganas de comer y me eché un rato en la cama. Entonces vino mi sobrina de tres años a estar a mi lado y acariciarme el pelo. Pensé, esto no tiene precio.

Alex se presentó por sorpresa en casa de sus padres para darles primero un gran susto y luego una gran alegría.

Un largo día en urgencias

Al día siguiente, el 26 de diciembre, Alex y yo fuimos a urgencias. Alex seguía con diarreas y yo vomitaba.

En admisión, tuvimos que aguantar el comentario impertinente de una trabajadora del hospital que al relatar nuestro motivo para acudir a urgencias, nos dijo que era muy normal tener diarreas en India. Y le contesté que 24 días de diarrea no era normal.

Enseguida nos atendieron, a cada uno por un lado. Me hicieron una analítica completa. Esperando los resultados comentábamos Alex y yo lo afortunados que éramos en este país por una asistencia médica tan buena que a veces no sabemos valorar. 

A Alex le detectaron más tarde que la causa de su diarrea era una bacteria y le recetaron un antibiótico específico.

En cuanto llegaron mis resultados, supe que algo no iba bien por la cara de la médica que me atendió. Me llevó a hablar con otro médico todavía más preocupado. Me dijeron que tenía el hígado muy dañado y tenían que ingresarme.  Me llevaron a la sala de observación hasta decidir dónde me ingresaban. Allí estaba sola y Alex sólo podía visitarme en un horario determinado. De nuevo el médico con cara de preocupación vino a decirme que tenía el hígado muy dañado, que estaban estudiando qué hacer y le sorprendía verme tan tranquila y lo estaba. Pensaba que todo se arreglaría. Yo siga diciendo a la familia que estaba pendiente de los resultados.
Por la noche, justo en el horario de visitas, vino una doctora y le pidió a Alex que saliese fuera porque quería hablar conmigo. Ella aún estaba mucho más seria. Pensé, esta es la cara que ponen cuando tienen que dar malas noticias. Me dijo que tenía el hígado tan dañado que estaban fallando sus funciones y que temían que tuviese un fallo hepático y necesitase un trasplante. Me iban a trasladar en ambulancia a la UCI del Hospital Clínico porque hospital era allí donde se realizaban los trasplantes de hígado de Aragón. Cuando oí la palabra trasplante sí que me preocupé y lo primero que se me pasó por la cabeza fue “¿y si no hay un donante?”. Esa reflexión me hizo después pensar mucho en el papel tan importante de los donantes de órganos.

Tuve que explicarle atropelladamente a Alex lo que ocurría y llamar a mis padres para avisarles que me llevaban a la UCI del otro hospital, omitiendo el tema del trasplante.

Una atención médica excelente

Obviamente se me pasó por la cabeza la posibilidad de morir, pero estaba tranquila. Quizás si no hubiese cumplido el sueño de nuestro gran viaje habría estado más asustada. Pero pensé que había disfrutado un montón este último año y había vivido como quería, había disfrutado tanto de la vida. No moriría lamentándome por no haber hecho lo que quería. Como dicen nuestros amigos Fernán y Miriam, que me quiten lo viajao.

En la UCI me recibieron dos doctoras y varias enfermeras muy profesionales y muy humanas, e hicieron todo lo que pudieron para que me sintiera allí lo mejor posible. Dejaron que pasasen a verme Alex y mis padres, y las doctoras le explicaron a mi familia con mucho tacto lo que ocurría. Había riesgo, pero lo normal es que todo evolucionase hacia una mejoría.

A pesar de la gran atención del personal de la UCI, apenas pude dormir y me sentía incómoda. Al ver que lo pasaba mal, que había mejorado y que también había mucha gente en la UCI, me ofrecieron la posibilidad de bajar a planta, y fue una gran noticia. Estaba mejorando y en planta también estarían pendientes de mí.  Mi hígado estaba un poco mejor.

Compartí dos días habitación con Emilia, una señora maja, tranquila que contribuyó a que tuviésemos un ambiente relajado en la habitación. Vinieron a verme Alex, mis padres y los padres de Alex. Estábamos más animados porque me trasladasen a planta, hasta que llegaron cuatro doctoras al pie de mi cama, dirigidas por una doctora con cara de pocos amigos, que después de pedirme que le contara de nuevo toda mi historia, me dijo que no debería estar allí, que lo que menos le importaba en ese momento era mi comodidad, que debía ser consciente del riesgo que corría de tener un fallo hepático y que si no me trataban a tiempo el final era la muerte. Y después de la muerte ya no se podía hacer nada. Así de tajante. Yo les escuché como quien recibe la regañina de un padre y les dije que me subiesen a la UCI si lo consideraban necesario. Al salir de la habitación Emilia se echó a llorar y me dijo que era muy valiente. Después le tocó a mi familia recibir las crudas palabras de esa doctora. Me acordé muchas veces de nuestro amigo argentino Boti, que escribió un libro junto a su madre contando su experiencia entre hospitales, y relataba de manera espléndida la importancia del lado humano y de la sensibilidad de los médicos en el trato con el paciente.
Libro de nuestros queridos Boti y Soledad.

Por suerte, salvo ese susto, después todo fueron buenas noticias. Mi hígado se estaba recuperando bien. Yo me encontraba mejor.

A Emilia le dieron de alta y cambié de compañera. Entonces compartí habitación con Virginia, una chica de 31 años que le había pasado lo mismo que a mí. Sin embargo ella estuvo mucho peor que yo y estuvo a punto de recibir un trasplante. Pero valoraron su juventud, sus condiciones de vida y apostaron por su recuperación. Ahora estaba mucho mejor, e incluso pudo celebrar Nochebuena en casa. Para mí fue una gran alegría tenerla como compañera. Me ayudó muchísimo saber que había pasado por lo mismo y me alegraba verle tan mejorada y tan optimista. Pero aparte de eso es una chica tan dulce y tan cariñosa que aún me animó mucho más. Había pasado más de un mes en el hospital, 15 días en la UCI y todas las enfermeras estaban encantadas con ella. El día 30 de diciembre le dieron el alta y desde entonces no ha faltado un día en el que me escriba preguntándome como estoy, alegrándose conmigo y compartiendo  cada buena noticia. Ha sido una gran suerte conocerle y juntas celebraremos muy pronto que estamos mucho mejor.

Celebrando Nochevieja con turrón en el hospital.
Diagnóstico final

Al cabo de unos días, me dieron la mejor noticia que podía esperar. La causa de mi estado era hepatitis E, una hepatitis vírica, típica de países de Asia y en concreto India, causada por beber agua o comida contaminada. Una hepatitis que no es crónica y que se cura con reposo. Incluso hay personas que pueden pasarla sin tener ningún síntoma. En mi caso, probablemente estaba bastante floja y me afectó tanto al hígado que me produjo una insuficiencia hepática aguda.

Mi mayor temor era que no encontrasen la causa y seguir con la incertidumbre, sin saber si me podría poner mal otra vez.
Al final, tras diez días en el hospital y una rápida mejoría me dieron el alta el día 4 de enero, el mejor regalo de Reyes que podía recibir.

Ha sido una gran susto para la familia y amigos, pero agradezco muchísimo todo el apoyo recibido, todas las palabras bonitas, los rezos, cada uno a su dios, la energía positiva, los cuidados de mi familia, la compañía de mi madre y Alex en las noches y la compañía de mis familiares en horas largas en el hospital. Me he sentido muy querida por todos y muy animada en todo momento.


Ahora no veo el momento para seguir haciendo cosas, continuar con una vida nueva, con mucha ilusión con Alex, seguir luchando por nuestros sueños y por supuesto, más adelante llenando la maleta de viajes de Alex y Rebeca. Pero ahora es momento de recuperarse, coger fuerzas, y disfrutar de nuestra familia y amigos. Vaciamos temporalmente la maleta para limpiar los trapos viejos, pero sigue llena de todos los recuerdos y experiencias acumulados en nuestros viajes.

Muchas gracias a todos por estar ahí.